sábado, 14 de enero de 2017

CAPTURANDO NUBES EN UN LUGAR DE LA MANCHA. CIUDAD REAL.

Algunas tardes salíamos a capturar nubes con mi cámara. Tú me esperabas echado, no sé cómo a tanta distancia notabas que me acercaba y te levantabas presto para acudir a recibirme. Lamentaba tener que dejarte tirado alguna tarde que otra cuando me desplazaba para hacer mis excursiones,  pero si regresaba a tiempo, no sé lo que transmitía tu mirada que nos íbamos juntos por muy cansada que estuviese.
Creo que la primera vez que me hiciste caso, antes me ignorabas, fue cuando murió mi gato. Como tú tenía algo especial, cada tarde acudía a recibirme para luego subir juntos las escaleras del patio. El murió atropellado, me apenó bastante y creo que tú cogiste el relevo porque sentías como me encontraba.
Cuando llegaste ya venías enfermo , hicimos lo posible por curarte, salió bien y,  aunque recaías,  volvías a ser tú mismo. Incapaz de quedarte quieto te escapabas a menudo y luego hasta tarde teníamos que salir a buscarte. Pero sí fue a partir de aquel día en que decidiste conectar conmigo cuando dejaste de lado tu parte aventurera y la uniste a la mía, como dos destinos que se entrecruzan. A partir de ahí comencé a mejorar, por fin tenía un buen compañero de paseo.
Me parecía increíble cómo me llamabas para que saliésemos, ese ladrido tuyo tan peculiar como de orden que yo atajaba al momento. Ese caminar que tú tenías siempre por delante de mí, esas vueltas de cabeza para comprobar si te seguía, no querías que te perdiese, yo no quería dejarte.
Recuerdo que si alguna vez me colé en el tiempo, como aquella excursión de varias horas, al día siguiente te escondiste para que no te llamase, qué listo eras.
No volviste a escaparte. Si tardaba, te quedabas echado sobre la hierba y me esperabas. Me recordabas a mi hijo cuando de pequeño tras volver del trabajo me aguardaba en la calle y corría a mi encuentro en cuanto me veía llegar.
Nos faltaron muchas excursiones por hacer, se quedaron tantas pendientes.  Pero sí que fuimos a Zahora intentando continuar por la Vía de Aníbal hacia Jaén,  pero esa inmensa charca nos entretuvo, disfrutaste como un niño, se nos hizo de noche en el regreso y pude fotografiarte bajo una luna llena.
Nos faltó tiempo para conocernos, para aprender de esos silencios que se establecen entre animal y persona cuando solo basta una mirada para entendernos o solo la caricia que la acompaña. Faltó tiempo porque siempre llego tarde,  porque encariñarse puede salir caro, porque sentir que para alguien o para tu mascota eres importante es suficiente para emprender un nuevo día.
Ahora cada tarde cuando llego a tu campo, el que ahora verdea bajo las aceitunas, quiero volver a verte pero no estás, vuelvo para no perder ese contacto que se desplaza como un relámpago por nuestra mente, esa conexión que te devuelve a mí cuando cierro los ojos y quiero engañarme diciéndome que estás ahí bajo los olivos y las moreras, que paseas junto a la menta y a la hierbabuena, que tu grácil deambular continúa, pero no soy capaz de verte, de no quererte, de no soñarte porque sigues vivo, al igual estás echado junto a la fragancia de las flores del níspero , sigues metiéndote en los charcos y correteas tras una liebre, sigues libre y lo siento porque a veces el viento parece que me trae tu lejano sonido y no es de otro, reconozco el tuyo o algo me roza el pantalón y es que acabas de pasar y me voy caminando, nos vamos juntos y cogemos idénticos caminos.
La última vez que intenté salir contigo ya no pudiste, te quedaste quieto,  pero esta vez tras de mí y miraste hacia tu casa como para decirme que hoy te quedabas, te noté cansado y a partir de ahí se sucedieron las horas con un lento decaimiento que te llevó de mi lado para siempre.
Tendemos a culpar a los demás de nuestras pérdidas, como disculpándonos de la tragedia. Además nos reiteramos en la imagen del dolor como si todo hubiese transcurrido de esa manera, olvidando aquellos momentos que nos hicieron felices. Esa debería ser la imagen para guardar por siempre en nuestra retina. He recogido unas cuantas instantáneas en las que mi perro era feliz o al menos a mí me lo parecía. O era yo la que lo era o ambos.
Esta tarde he vuelto a nuestra senda, tú ibas delante y me esperabas, con esa estampa me quedaré para siempre.
Lleno esta entrada de momentos felices que compartimos porque aquí no hay cabida para el dolor.
Si no supiéramos liberar la imaginación caeríamos como los muros de las casas abandonadas que frecuento.
Cada tarde cuando vuelvo al pueblo soy yo quien mira hacia atrás por si te veo.





Inicio este recorrido como quiero verte, regresando junto a mí.




Este día parecía que el cielo iba a caer sobre nosotros. Qué rápidas se desplazaban las nubes, no llevaba paraguas.




Tu higuera no sucumbió al verano caluroso y ahora amarilleaba. Enorme, nunca podada.




Las montañas de Albacete, barajaba la posibilidad de poder llevarte alguna vez conmigo, desconocía cómo te encontrarías a 1769 m. de altitud y que vieras lo que yo ya había visto.




Observa, un olivo mostrándonos los colores tan variados que tienen las aceitunas mientras maduran.




Este es uno de mis cortijos favoritos y siempre que nos metíamos en su camino te quedabas parado como con recelo, creía que algo no te gustaba de aquello,  pero me veías adelantarme y acababas siguiéndome.




Tu casa bien podría haber sido ésta, a la que aún no se le ha hundido el tejado pero que rompe a la intemperie en algún que otro rincón.




Le llamo" la casa de las palabras escritas", en las paredes presenta además de números y dibujos, nombres y apellidos.
Mira esos tres círculos, eran para dejar los cántaros.




Veíamos, te acuerdas, las mulas y borricos comer la paja en esta cuadra.




Y estos detalles que permanecen, la soga, la argolla, la pared encalada...




Son estas señales que recalan en las paredes las que nos hablaban mientras las señalaba con el dedo.




Como un inmenso cuaderno, un mapa abierto. Un enjambre de números y nombres que pueblan el espacio de las paredes.




Y el sencillo suelo recolector de pasos dados, de huellas encubiertas, de larga memoria.




Y este marco tan perfecto entre puerta y encina que me descubre tu silueta.
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Encina que seguirá dando sombra al cortijo...
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...enebro que crece justo detrás. Y alrededor lucen los olivos sus mejores galas, las aceitunas a punto de recolección.




Nos fuimos caminando, yo con los pies llenos de barro te seguía despacio.




Y un roble llamó nuestra atención.
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Aquella tarde de intensa lluvia que nos dejó a los dos totalmente empapados se fue abriendo con la delicada presencia de un bonito arco iris. No siempre son iguales, aunque pueda parecerlo, éste era el tuyo y el mío.
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Las gotas que quedaron en el espino son hoy las lágrimas que se revuelven entre la tierra, entre las plantas...que lloran por tí.




Vas por delante ahora y siempre, antes y después. El tiempo va escapando con cada página que leo,  pero siempre queda la opción de volver hacia atrás y comenzar el libro de nuevo.




Es así como se me presentan los caminos ahora, vacíos pero llenos. Hay espinos, carrascas, encinas, olivas...hay sombras que se detienen como los recuerdos que se avivan con el sentimiento.




Una maraña, así le llaman aquí, mira que colores tiene y cómo brilla con el agua.




Creo que salíamos a capturar nubes porque tú antes de que te conociera ya eras una. De niños jugábamos a ver formas en ellas y allí estabas tú con tu silueta recortada en un azul brillante.




A veces te llevaba la delantera, te me despistabas y aprovechaba para fotografiarte regresando junto a mí.




Cuántas veces vinimos a ver este cortijo del que apenas quedan los muros que mueren junto a un arroyo...




...y su era donde desgranaban la mies con la trilla. Y las hormigas escapaban con su grano.




Otra tarde caminamos viendo a lo lejos Segura de la Sierra y el Yelmo, cuánto habría dado por llevarte a verlos.




Hasta que se nos acabó la senda perdiéndose entre olivos. La noche no nos habría detenido.




Esta es la encina a la que le dimos el honor de ser la más grande.




Se nos olvida de un año para otro que el campo puede coger este color y hacernos olvidar la tonalidad del largo estío.




Podíamos tirarnos horas caminando, investigando dónde confluyen las sendas que nos salían al paso.




Nunca supimos qué habían albergado estos muros, lo cierto es que desde aquí teníamos una buena vista de  la Vía de Aníbal.




Habrá sitios a los que no vuelva más. 




No repetiré imágenes de esta vía romana, así que me quedaré con ésta y ver lo que tú veías.




O esta otra ruta que nos llevaba por lo que pensábamos que era un camino empedrado...




...te lanzabas cuesta arriba con esa agilidad con la que aún contabas...




...y desde aquí ya quedaba claro que de nuevo nos encontrábamos ante una era muy bien hecha.




Entre los álamos amarillentos, escondida la ermita. Al fondo, el Yelmo y atrás, Sierra Nevada.




Entre las escasas ruinas saltabas persiguiendo olores.




Más de una vez nos hicimos nuestro propio camino yendo campo a través.
Según las estaciones me acompañabas mientras cogía espárragos, hongos...o simplemente fotografiando las primeras flores de la primavera.




Entre los álamos temblones dabas vueltas, jugando como a esconderte, removiendo sus hojas...




...y veías tu blanca imagen reflejada en estos charcos que tanto disfrutabas rompiéndolos.




No me anticipé a la idea de que tendría que perderte y de que ésto ocurriría en otoño. 




Ya no me acerco a la fuente en la que saciabas tu sed.




Y estas hojas caídas son los días que compartimos. Creo que los encuentros cuando tienen un comienzo feliz, nada puede romperlos.




Será el aroma del membrillo, su intenso color amarillo el que me traerá tu recuerdo cuando pase ante él.




O quizás sea el espino de fuego que crecía junto a tu casa. Cuando se encienda de rojo recordaré tu partida.




O quizás nuestro jardín secreto, de difícil acceso, donde entre lirios, encinas, escaramujos y enebros te perdías.




Sabes que no volveré a encontrarte allí,  pero seguro que ahora mientras escribo ésto, merodeas en ese mágico lugar.




Lo cierto es que ya no tengo ningún interés en caminar sola por las tardes. Que tu presencia apenas la intuyo, que conforme pasan los días tiende a separarse de mí.
Intentas que comprenda que ya has partido, que ahora caminas por otros campos.
Pienso que sería mejor reconocer que te has marchado para siempre, pero me agarro a la banal idea de que te has vuelto a escapar, de que has encontrado un buen amigo.
Pero quiero creer que caminas a mi lado y no me permites que te vea.
Puede que todas las posibilidades sean reales, que el hecho de conformarnos sea la única verdad.
Como dice la canción: "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio".


Diciembre 2016.




Puede parecer que esta entrada nada tenga que ver con lo que habitualmente hago pero todo lo contrario. No hay mejor conocedor de lo que son, de lo que representan las piedras y los bosques que un animal.
Necesito tenerlo cerca, que no se escape de mi memoria, que mejor que dedicarle una entrada.


Como acostumbro, una dedicatoria a otra persona muy especial para mí, a ella recurría para consultarle cuando enfermaba, a ella que también perdió a su perro, a ella que ha compartido conmigo tantos años y quiero que sepa que la quiero mucho. A mi hermana mayor.