domingo, 5 de marzo de 2017

UN LUGAR PARA PERDERSE, LOS CENTENARES. JAÉN.


"Llámale inquietud, date prisa o perderá su nombre, aunque parece que estés decidido a ponerle añoranza".
Es ese sentimiento que noto cuando paseo por la sierra de Cazorla, hay pérdidas por todas partes.
Entre tanta belleza, porque esta tierra daría para recorrerla muchas vidas, está presente la nostalgia hasta en los mismos añosos árboles que se curvan a tu paso, quizás porque quieren dejar de serlo. Ese sentido que percibes de que el árbol quiere ser hombre y el hombre, árbol, te persigue cuando caminas dejando de lado el desasosiego que transmiten las ruinas que les acompañan.
Parto de la base de que perder no significa estar derrotado, de que algún día estas cortijadas se reconstruirán porque volverá a latir el pulso en las manos del labriego, volverá el arado a romper la dura tierra, las piedras se recolocarán para afirmar muros...Quiero que ésto sea posible, me lo muestran los cerezos que continúan sus ciclos y  las nogueras, los arroyos que se nutren de las nieves de sus montañas. Fuentes que  elevan la categoría de sus aguas sin ningún mérito reconocido.
Quién no querría venirse a vivir a los Centenares y alejarse del mundo, qué mejor retiro.
Con esta entrada sobre esta bellísima aldea de mi tierra quisiera cerrar este blog. Mañana hará un año que lo inicié, aquel día  puse de fotografía de inicio la primera panorámica que se ve cuando llegas a Los Centenares desde el control de Aguamulas. Ni de lejos tiene el encanto de las otras rutas que nos acercan a esta aldea pero fue mi primer encuentro y aquí quiero dejar mi testimonio. Porque al fin y al cabo, entre otros motivos, lo que intento hacer es dejar testimonio del estado de unas ruinas para que desde el futuro, quien pueda verlo,  intente asomarse desde esta ventana-blog y añorar lo que nosotros también añoramos. Que en el transcurso del tiempo, los sentimientos tengan algo en común. Que no se pierda.
Hoy como dice la canción:"...cierro yo el libro de las horas muertas"




Un alto en el camino para llenar las botellas. Aún queda un buen trecho de carretera, por suerte este paisaje nos regala abundantes fuentes.



Al principio se transita por un bosque de pinos, siempre ascendente, me recuerda a la subida al Yelmo desde El Robledo, de lo pesado que se hace el caminar. Pero llegamos a un bosquete de robles y mi entusiasmo aumenta.



Se alegra mi ánimo cuando obtengo bellas panorámicas de las montañas que nos rodean.



El ascenso nos acerca más a ellas.



Algún día aprenderé el nombre de todas, aunque para mí son igualmente bellas se llamen como se llamen.



A partir de aquí toca descender, qué alivio. La espléndida culpa la tienen las ganas de ver las aldeas perdidas.



Somos como esta piña que queda atrapada por la encina, una ilusión vana que se transforma en una realidad ansiada.



Me acerco a esta noguera porque intuyo que es aquí donde se ubicó el cortijo de las Grajas.
 Antes, cuando el monte no tenía dueño, se podía edificar con muchísimo esfuerzo en lugares idílicos en perfecta comunión con la naturaleza, que es al fin y al cabo a la única que había que pedirle permiso. Y el campo estaba limpio, no había incendios, por doquier aparecían huertas bien cuidadas y en estas sierras vivían en armonía miles de personas dispersas en cortijadas, cortijos y aldeas.



Los cerezos no sucumbieron y continúan floreciendo ajenos a la soledad de gentes que ya no habitan.



Un tranquilo paseo en llano nos va haciendo entender lo que aquí hubo, ese trasiego de personas con sus mulos, el intercambio de frutos y semillas que da la tierra...



¿Somos árboles cuando dejamos este paraíso?



Al llegar a Las Canalejas, aldea que fue dinamitada, nos encontramos con restos de un lavadero que nos anuncia lo que pronto hemos de contemplar...



...lo que no hay. Cuesta imaginar que aquí, a 1355 m. de altitud, existieron 48 edificios...




...una tienda de ultramarinos, ni más ni menos. En un alarde de ejercicio mental, levantar estas ruinas para reconstruir las viviendas y volver a percibir el trasiego de sus habitantes en una mañana radiante de primavera, la verdad, cuesta mucho.



Parece más que el cielo, de rabia, hubiese explotado e hiciese caer desde su vasto dominio estas piedras que aparecen sembradas por doquier, amontonadas. Esimposible elaborar este puzle de remembranza serrana.



Los frutales, ahora los cerezos dominan el paisaje, nos recuerdan en terrenos abancalados que las huertas siguen ahí, esperando al hombre, que los bancales resisten porque se hicieron bien.



Dicen que no consiguieron dinamitar ni la iglesia ni la casa del cura porque una cadena humana lo impidió.



Y dicen las piedras que Dios existe en cada rincón donde descansamos, donde ideamos un mundo mejor, donde los arroyos corren felices al encuentro de un río, donde los pasos de los que ya no están se reencuentran con nosotros si abrimos nuestra mente a su recuerdo.



Y dicen que el hombre destruye al hombre pero no su memoria.



La casa del cura a la salida de la aldea.



Frente a la iglesia esta fuente lavadero junto a una noguera nos llama para que nos sentemos junto a ella y dispongamos la mesa, ésa que no precisa mantel ni florituras, la del campo abierto.



Y dicen que tu agua es la mejor de esta sierra y doy fe de ello.



Nos vamos para Los Centenares y a la derecha del camino nos encontramos con el cementerio bien cuidado de Las Canalejas. Y unos versos de Becquer me sacuden el alma:

"Despertaba el día,
y a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!".



La pista sigue entre pinos negrales, carrascos, laricios.



Y el mundo que todos conocemos, que tememos, que quisiéramos cambiar se detiene con el sencillo aliento que desprende la imagen de Los Centenares.



Y una sinuosa senda que no quieres que acabe porque así mantendremos durante más tiempo esa sensación de que llegar es lo importante, nos acerca a este idílico lugar.



Los cerezos en la avenida que nos recibe, nos hablan de que la tierra sigue donando sus flores, sus frutos...que añora al hombre que los quiera.



La fuente lavadero que no tiene heridas, huérfana de mujeres en animada charla.



A 1.386 m. se sitúa. En el nomenclator de los pueblos de España de 1863 aparece con 14 edificios.



Miramos desde dentro como siempre para ver, porque para entender es imprescindible sentir.



Tras haber visitado otras aldeas, llama la atención el que aquí resistan tantas casas con tejado. Y que ojalá sigan así.



Tuvo escuela, tuvo niños. Hoy se desplazan en forma de golondrinas y vencejos que anidan entre sus ruinas.



Demos la bienvenida a vuestra casa, la que se mantiene en equilibrio, la que empuja a la tierra para que salga, para devolverle a su lugar de origen.



Aunque los palos no volverán a ser pinos, ni la escaleras alcanzarán el desván.



En tu calle no podremos reencontrarnos pero tu mirada coincidirá con la mía cuando suspiremos por la montaña.



Siempre intento pensar en quién fue el primero en traer a su familia a este insigne lugar y decidió establecer aquí su patria, su horizonte, su futuro. El que acompañado de sus animales dio vueltas a la tierra para transformarla, acariciándola y mimándola y elevando plegarias al cielo para que las tormentas no destrozaran su sueño.



Y el azul, acogedor color que a pinceladas es retocado cada vez que intenta desprenderse, nos indica que esta casa puede servir de refugio pero que, por favor, hay que cuidarla. Es un ofrecimiento de la amabilidad de alguien que quiere alojarte y pide respeto. Gracias.



Las viviendas se desvisten y ofrecen su carne trémula y roída.



Tú, estancia que sufres de esa enfermedad llamada abandono, lamentas que despidieran a tus honrosos inquilinos.



Miro tus entrañas con la intención de informarte que sigues en el pensamiento de los hijos de tus hijos.



Lo que daría por que mi calle del pueblo tuviese tus vistas.



Lo que daría por verte entera, convaleciente pero entera.



Al sr. Punzano, de sus hijos. Hay nombres que no se pierden porque la herida duele mientras no se cura.



Porque eso son estas aldeas, heridas que no pueden cicatrizar, han perdido a sus cuidadores.



Han perdido el olor a pan, el balido de las ovejas...



Despiertan cada día con el eterno sueño del regreso de sus moradores.



Pero una casa se mantiene activa, nunca se abandonará, los suyos vuelven a menudo para recordar que de allí nada ni nadie les expropiará.




Los jardines que cuidas te devuelven el saludo, sus flores.



Hornos para una gran familia.



Siempre hay algo de particular en cada aldea, algo que la distingue...



...un trabajo bien hecho. Las ventanas nos miran con ojos cerrados, no quieren que veamos el dolor de la despedida.



Pero siempre aguardarán el regreso porque perder no debe ser irremediablemente una incertidumbre.



Aguardar con retazos de vidas pasadas, esperar la caricia de las manos que os acogieron.



Porque es éso lo que realmente parece, hay una espera que se alarga demasiado pero que no se hunde bajo ningún barro, hay esperanza.



Desde aquí veo mejor tus huertas, veo el trabajo de tus gentes, veo el regalo que le hicísteis a la tierra.




Y al despedirnos de ti, no lamento el no haber cogido otras sendas porque me habrían permitido disfrutar de otros parajes pero no me habrían dejado conocerte a fondo.



El regreso siempre es duro, llegas de vacío y te vas llevando esa carga que no te pertenece pero que necesita ser compartida en su magnitud.



Y piensas que podemos ser manos que lavan, risas que suenan, llantos que queman. Pero también hojas que flotan...



Que nos complicamos la vida, que caminar es la más dulce de las verdades, que el camino te hace libre, te ampara con los recuerdos de los que ya no pueden hacerlo, te empapa de sus nostalgias, te acerca a ellos, a su dolor y a sus alegrías. Que si partes de allí con el alma encogida es porque has conectado con su rabia, con la que sigue flotando entre las hojas que se desprenden, entre las cáscaras abiertas de las nueces, entre el regato abundante de este manantial que fluye para recordarnos que si podemos contar lo que hemos visto es porque siempre pervivirá lo que el hombre humilde realizó en esta tierra.



Y tras pasar por Las Canalejas contemplo, como me pasó en Las Espumaderas,  que las piedras a veces se reconstruyen cuando nadie las ve y luego asoman bocas de horno.



Y veo que el cielo pide tormenta.



Que si hubiese subido a Majal Alto, que está justo detrás de mi, podría alcanzar una de las mejores vistas de esta hermosa sierra.



Pero también sé que no todo se puede obtener. Que necesitaré a partir de ahora mucho tiempo para dejarme llevar por las formas de los árboles. Necesitaré aprender de los caminos y de sus conjuntos porque las sendas son las que nos modelan, las que nos enriquecen, las que nos piden paso para que les dediquemos nuestro tiempo.




Y acabo mirando al Tranco. Por encima, las nubes describen caminos, deben ser por los que transitan aquellos que ya partieron.



Abril 2014.


Esta entrada se la dedico a tres jienenses.
A mi amiga Pepi, entrañable persona, buena comunicadora, que aunque sigue pintando, su bellísimo blog (josefaspintora.blogspot.com) se quedó varado en el año 2013. Pido me disculpe porque siempre le regaño por este motivo.


A mi amigo Juan Basilio, cinéfilo, pintor, hacedor de palabras y sobretodo una gran persona.

Y a una maravillosa mujer, la persona a la que más he querido en mi vida. La que influye en lo que hago gracias a sus remembranzas sobre sus años pasados en un cortijo aislado hasta que cumplió los 20. Ella es el motor de mi ilusión, a ella va dedicado todo lo que he hecho hasta aquí en este blog, a ella que cuando camino sola aleja el miedo de mí, a ella que modeló mi caracter, que me guió por el camino del sentimiento, que llenó mi mente con sus enseñanzas. Porque es a ella a la que busco cuando me adentro en estos bosques y piedras, porque nunca pierdo la esperanza de ver su rostro asomado a una ventana o encontrármela apoyada en el quicio de una puerta. Porque no hay lugar en este mundo que pueda demostrar que los que parten para siempre acaben abandonándonos. Gracias, madre.


Y un agradecimiento extensivo a todos los que se acercan a este blog, quizás pensando que solo exclusivamente va de senderismo y quizás se vayan de vacío, cada uno tenemos nuestra forma particular de ver las cosas. Si he conseguido que hayan caminado conmigo, con eso solo, ha merecido la pena.