domingo, 11 de septiembre de 2016

ALLONQUIÑA, UN LUGAR PARA PERDERSE. LUGO.

Siento que nos equivocamos con la expresión "cumplir años" cuando en realidad deberíamos decir "acumular otoños". Lo que nos hace envejecer son esos otoños que vamos viendo desfilar ante nuestros ojos, los que nos deparan una suerte de emociones y nostalgias.
Esos otoños que a veces pasan deprisa sin poder dejar huella. Del verano agobiante pasamos a la antesala del frío invierno, pero aún así existe ese intervalo otoñal que colma de colores nuestros campos y nos entrega ese devenir constante de hojas que se alzan y enredan como evitando el triste final de volver a la tierra cuando solo quieren seguir siendo el abrazo de las ramas.
Deberíamos vivir hacia atrás desde la experiencia que nos va dando la vida, esa formación que nos depara la escuela de lo aprendido. Sería ideal ir deshojando entre otoños nuestros días para ir reencontrándonos con aquello que fue llenando de alegría los momentos inolvidables, podríamos esquivar el sufrimiento, disfrutar como niños de los regalos recibidos, devolver el cariño a los seres queridos que nos privaron de su compañía.
Puede que la mayor aventura por la que deberíamos transitar sea pasar de ancianos a niños, circulando despacio por el puente que une los abrazos perdidos. Sería posible retroceder para recordar, volver a ser humo y fundirse con un cielo limpio dispuestos a perdonar, a reinventarnos, quizás la única forma que conozco para volver a ser feliz.
Vuelvo atrás en el tiempo, me sitúo a principios de otoño cuando compartí una tarde con mi amiga Fina para admirar el gran castaño que protege la bellísima iglesia de Santa María de Allonca. Luego nuestros pasos se dirigieron entre un encantador castañeo al despoblado de Allonquiña, un lugar lejos de los espacios habitados que conforman nuestro mundo diario, un lugar donde las ruinas desaparecen a nuestro paso habilitándose con la hospitalidad del que nunca cerró su puerta porque de una forma o de otra continúa formando parte del paisaje.
Dejo que resuenen en mis oidos palabras tan hermosas como otoño, octubre, olvido, ofrecimiento...y con ellas compongo un relato para que al leerlo despierte esa sensación de que Allonquiña puede levantarse en cualquier momento de su letargo con solo dejarnos atrapar por su magia y encanto.
El camino realizado es parte de la famosa "Ruta de los pintores" del concejo de Fonsagrada, paseando por Allonquiña se comprende como Manuel López Monteserín se hizo pintor.
Solo nos quedó acceder al molino, sin verlo puedo soñar que he estado allí.




Una parada en esta estrecha carretera permite encontrar rincones donde el agua reina entre helechos.




Un antiguo molino pervive enamorado del agua que nunca descansa en ese devenir entre una naturaleza exultante.




Onírico lugar donde de sueños se mantienen las piedras.




La Casa grande de Allonca nos recibe con ojos de blanco cristal.




Otro edificio de grandes dimensiones en esta aldea pequeña.




El cementerio reposa arropado por ramas de castaños.




Siempre encontraréis junto a una bella iglesia un gran árbol, este castaño centenario necesita muchos brazos para poder abarcarlo.




Sus arrugas son corteza de larga vida. Oráculo de preguntas y anhelos.




Santa María de Allonca es un templo de una belleza sencilla que dormita rodeado de un encantador bosque.




Ascender por su escalera es un atrevimiento pero también una necesidad.




Este es el reino de los erizos, donde lo sencillo prima por encima de todo.




De estos árboles que pueden llegar a los 500 años quizás lo que me llame más la atención es que con el paso del tiempo se vuelven huecos y aún así se mantienen vivos.




Desde la escalera se accede a la espadaña, original y sencillo camino.




No he podido encontrar información acerca de la antigüedad del templo. Aquí se observa el ábside algo deteriorado.




Una buena imagen para el recuerdo.




A veces me he encontrado con números en otros templos, no es algo inusual.




Un alfombra de hojas para adornar el suelo del atrio.




Y ahora un paseo para encontrar la aldea perdida de Allonquiña.




Muros que sujetan árboles o viceversa, la naturaleza es siempre amiga de la piedra.




Pasear por un bosque de castaños es siempre un camino de agradable tránsito.




Y perderse entre los dibujos de su corteza, un ejercicio de arquitectura.




"Allonquiña, vuelvo a ti, nombre sonoro que acompaña mis tardes cuando el descanso de las faenas del campo me permiten disfrutar de tu quietud...




...verás que no he descuidado el sendero que lleva a tu ermita...




...bajo el longevo tejo levantaré castillos al aire...




Y recogeré las avellanas que descuidadamente quedarán escondidas bajo hojas desperdigadas.




Aún nadie contestó a mi pregunta de por qué la Casa del Señor tiene el nº 13.




Y me sentaré a esperar a que alguien abra tu puerta.




Y no me atreveré a coger la corona de espinas...




...no, porque las losas son los guardianes del templo y no quiero contrariarlos.




Volveré a intentar limpiar la fuente, recogiendo montoncitos de hojas que buscan cobijo en su lecho.




Llamaré a tu puerta para que vengas a jugar conmigo, bajaremos al molino donde el Allonca se muestra embravecido.




No te demores, mientras tanto veré crecer la hierba e intentaré coger caracoles.




Jugaremos al escondite sin rozar las alambradas de hiedra y zarzas que crecen a nuestra altura.




En el nº 8 vivía tu abuela, su puerta se fue con ella, ahora un avellano frena el paso a los indiscretos.




Y a la casa de la torre todos queríamos subir para desde arriba ver lo que se extendía más allá de Allonquiña...




Las puertas deberían permanecer cerradas mientras nosotros viajamos lejos, deberían abrirse a nuestra llamada, deberían ser puertas infranqueables al abandono porque algún día puede que volvamos para de nuevo sentir el roce de la llave encajando en su cerradura.




Arreglaremos la balconada donde tu tía secaba el maiz, los palos resisten, verás como vuelves a asomarte cuando la lluvia arrecie.




La madera aguanta cuando está bien trabajada. No hay temporal que pueda con ella. Solo el hombre puede arrancar sus entrañas.




Bajaremos al hórreo que ahora enmalezado impide que disfrutemos de sus vistas. Poco a poco limpiaremos sus paredes para que vuelva a brillar con la luz de cada día.




Y llegaremos hasta cualquier rincón para buscarnos entre los recuerdos pasados.




Y las calles volverán a ver pasar a los tuyos, regresarán tras una mañana de trabajo al hogar que les dio cobijo.




Y mi puerta se abrirá para todos...




Ayudaremos a levantar paredes, a traer lajas para cubrir los tejados...




La pizarra nos espera para cubrir huecos, para levantar sueños.




Dejaremos las ramas de los helechos que adornen los huecos de la ventana.




Habrá que partir la hiedra con mucho cuidado,  si no fracturará tu casa. Tu casa ya vacía de enseres, despojada de utensilios. Ahora duermen lejos de estos espacios solitarios.




Y volveremos a compartir pupitre en nuestra escuela. Alcanzaremos con las palabras a reconstruir nuestra aldea, solo escribiendo su nombre haremos el milagro de que perdure hasta el final de los tiempos en nuestra memoria.




En el lavadero dejaremos barquitos de papel con tu nombre y el mío.




Iremos creciendo como la hiedra que trepa sobre los muros. 




El agua de la que bebíamos siempre será la mejor. 




En este barrio de arriba de nuestra bonita aldea, el monte se ve en toda su extensión con límites que desconocemos...




...perdurará el hórreo mientras una mano siga manteniéndolo...




...y los caminos por los que correteábamos dibujarán tus pasos y los míos fijándolos a la tierra que nos vió crecer.
Veo a tu padre cargando con infinita tristeza la cuna que con sus manos hizo para velar las tormentas que dañaban tu cuerpo.
Pero por encima de todo, te veo a tí siguiéndole descalzo y en silencio,  intentándo hablarle para apagar su dolor.




...porque a la tierra volvemos una y otra vez, unas veces en forma de hoja, otras como erizos fuera de las corripas, otras como leños dispuestos a ser quemados en la chimenea.
Puede que tu y yo ya no estemos aquí porque nadie nos ve pero te aseguro que tras cada castaño seguiremos jugando al escondite.
Los castaños nos harán invisibles abrazándonos a su corteza como si siempre hubiésemos sido parte de ellos.
Porque los sueños nos desgastan cuando no dormimos y nos elevan mientras descansamos".






Octubre 2015.



Gracias, Fina,  por haberme llevado al pueblo donde vivió tu tía, perdóname por la licencia que me he tomado para inventar una historia que pudo ser que se desarrollara en esta aldea o en cualquier otra. Siempre resulta beneficioso retroceder a nuestra infancia desde la perspectiva que nos dan los años.


Quiero dedicar esta entrada a una anciana cuyo nombre podría ser Amabilidad,  pero que en realidad se llamaba Adriana. Hace unos días nos dejó pero siempre estará en el corazón de quienes tuvimos la suerte de conocerla y quererla.