sábado, 15 de julio de 2017

LA CALLE DEL MOMO- CASABLANCA; DAIMIEL- CIUDAD REAL.

Hoy comienzo con una serie de entradas que bajo la paleta de los colores manchegos tratará de aproximar hasta este rincón fotográfico-literario-viajero, edificios que se van desmoronando y que en un último intento por aprovechar la calma que regalan algunos días, atemperados por tonalidades únicas, quisiera que quedaran para la posteridad tal como yo los vi. Puede que con el paso del tiempo algunos sucumban y se dejen vencer, puede que otros sean rehabilitados... solo quiero aportar mi granito de arena en estas secuencias a las que cito como testimonios personales.
Comienzo como es de ley, como cuando abrimos una caja de colores, por el blanco. Y con un bellísimo caserío, Casablanca, dentro del término de Daimiel y muy cercano a Las Tablas.
Quizás todo este prodigio de arte comenzara con una quintería,  aquella vivienda para uso de gañanes que se desplazaban al campo para desempeñar su trabajo alejados de su lugar de origen y que con el fluir de los años y la riqueza existente en la zona, se convirtiese en el lugar habitual de vida y labor para muchos jornaleros.
Las más antiguas que yacen en ruinas por los descampados manchegos dejan entrever su esqueleto de tapial desnudo. En algunas poco queda de ese rebocamiento con argamasa de cal o yeso, blancamente enjalbegadas con lechada de cal para reforzar la luminosidad que antaño desprendían.
Pero es una calle, la del Momo, la que tiene el sencillo privilegio de encabezar el título de esta modesta entrada y entre las más variadas disertaciones, por suerte fantásticas las más de las veces, se hace fuerte y se atrinchera aceptando que la literatura puede ocupar cualquier rincón de esta tierra, famosa por sus universales autores, la siguiente idea: Por qué poner tan curioso nombre a una calle en un caserío aislado si no porque el que decidió su construcción era un seguidor apasionado de la obra de Michael Ende.
Aunque sería mucho más cercano a la realidad que divulgan las bibliotecas que se hubiese llamado: Calle de Momo, pero, dejémonos llevar por la imaginación en una tarde estival en la que solo apetece refugiarse en la lectura de cualquier libro que te abra las puertas a la esperanza.





Para calmar las temperaturas de este insostenible verano, diré que este viaje lo hice en invierno. Encinas, enormes encinas hacen de este paisaje algo inusual en esa línea monótona que a veces te entrega esta provincia.




Dehesas como la de Zacatena y ésta de Casablanca hacen de este espacio natural un magnífico paseo con el sano ejercicio de ir enumerando alturas.




Y Casablanca al fondo, vestida de blanco, rodeada de árboles desnudos. 




El albercón con unas dimensiones espectaculares: 4.5 m. de profundidad por 50 m. de perímetro, bien arropado por una centenaria encina.




Aunque hoy el protagonista es el blanco, que mejor que acompañarlo con estas imágenes que devuelven la esperanza de una estación venidera.




El arroyo Cañada Lobosa baja seco en febrero. Un contratiempo en la distancia, tan cerca de las Tablas de Daimiel.




He de decir que en un primer momento mi objetivo principal era ver una calle de tan singular nombre dentro de un caserío.




Gran puerta de entrada a esa calle, punto de encuentro entre los que habitaron sus quince viviendas, trabajadores que compartieron además una escuela y unos baños comunes.




Ventanas heridas con desigual destino con vistas a la dehesa.




Momo significa: "gesto que se hace para provocar la risa"




Pero Momo también es un personaje literario, protagonista de un libro de igual título de Michael Ende.




"Las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla...Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante..."




"Por que cada hombre tiene su propio tiempo. Y solo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo"





"No existe el instante, sólo el pasado o el futuro. Porque ahora, por ejemplo, este instante...cuando hablo de él ya ha pasado"





"Escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad"





"Todas esas horas solitarias, ¿qué son ahora para ti? Una maldición que te aplasta, un peso que te asfixia, un mar que te ahoga, una tortura que te quema"





"Incluso llegaron horas en que deseaba no haber oído nunca la música ni haber visto los colores. No obstante, si la hubiesen dado a elegir, no habría renunciado a ese recuerdo por nada del mundo. Aunque se hubiera muerto por ello. Pues eso era lo que vivía ahora: que hay riquezas que lo matan a uno si no puede compartirlas"




"Todas las desgracias del mundo nacían de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión"





"Momo comenzó a sorprenderse que se pudiera andar tan lentamente y avanzar tan deprisa"





"Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más, su tiempo de vida"





"Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única"





"Pero el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón"




"...Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Solo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente"




Ya en la salida es cuando cierro las tapas de este libro que, además de devolverme la plácida lectura de Momo y de cómo pudo entregarles de nuevo el tiempo a los humanos, me insta a reincorporarme a esta bellísima calle en ruinas, me pregunta si debería dejarla así y evitar que siga el deterioro o retroceder y empezar en la primera página, cuando se construyeron estas viviendas casi iguales para albergar a familias trabajadoras con hijos que aprendieron en esta escuela, que soñaron acariciando la cubierta de algún libro, de los que siempre consiguen desplegar nuestra fantasía.
Es ella la que nos hace navegar rozando con la vista cada rincón enmudecido por el abandono, es lo que intrínsecamente se busca cuando nos dejamos llevar por el silencio que ocupan los vacíos que quedan entre muros caídos y los restos de cal que enjalbegaban las paredes que tanto ansíabamos decorar con nuestras manos de niños.
Cada uno llevamos dentro a ese niño que quiere salvar al mundo del encierro al que está sometido, liberarlo de ese mal que aquí, herrumbroso y descuartizado, ataca con indefensión a Casablanca.




Pero Casablanca es más que una sencilla y eterna calle, hay silos, bodegas...a las que no accedí por falta de tiempo.




Casablanca es mucho más de lo que entonces recorrí, es ese lugar del que te despides con el ánimo renovado, con la lección a medias aprendida.




Hermosas puertas de acceso, con un gusto exquisito entre la elegancia y ese intento por abrir vanos al aire para que deje correr sus lamentos.




Dejemos que los números se multipliquen por ellos mismos e imaginemos que si aquí vivían 15 familias..¿de cuántos animales cuidarían?




Dejemos que se vuelvan a llenar de paja los pesebres...




O que este palomar rematado con almenas de ladrillo, de grandes dimensiones y de dos plantas, sea de nuevo el punto de encuentro de arrullos olvidados.




O que las puertas de nuevo cierren el acceso a la primera planta con una zona alicatada con probable uso como matadero.




Pero aquí ya hay dueño y su santo y seña impide proseguir por estas redes que entretejen un obcecado habitáculo.




Pajares, caballerizas...en el más absoluto de los silencios.




El palomar desprovisto de su cubierta adolece de siestas entre plumas y palomina.




Y una ermita y una fiesta. Desencuentro entre la quietud y la algarabía.




Sencilla ermita de la que se desconoce su advocación , sin función desde hace unos 40 años.




Ventanas circulares que acompañan a una puerta abierta de par en par,  refugio de golondrinas, verderones y jilgueros.




Pero son los jardines que hoy desfallecen invisibles entre estructuras oxidadas los que alimentan el reguero seco que nos acerca a la primavera.
La casa principal ajena al abandono, por suerte, se engalana con un variado jardín tras sus muros.




Anidaban sobre estos armazones, dando rienda suelta a la imaginación: rosales trepadores, glicinias, buganvillas, madreselvas...un compendio de olores. Pero me quedo con los ramos de uvas emparrados, el mejor de los túneles para afrontar el estío.
A la izquierda, un curioso transformador hexagonal vigila la entrada.




Me quedo mirando sus muros que delimitan cada uno de estos dos mundos que hoy perviven distanciados en desigual aliento.




Me decanto por pensar que o sois acacias o robinias. Aunque los olmos siempre ocupan un lugar privilegiado por su tozudez.




Y salí del jardín con la torpeza de quien no ha sabido darle nombre a los especímenes que allí crecen en espera de ser recuperados.




Y me devolví a un tiempo que no era el mío, que era de otros. Pero la vuelta al presente siempre acaba por silenciar los escritos que caen a la par que se cuartean las paredes. 




Cuántas habilidades destilaron los lugares perdidos con los que a veces nos encontramos.




Y me detengo a contemplar la tejera que data de principios del siglo XX.




Siempre deberían concluir los viajes como los libros que tanto nos gustaron, aquellos que nos marcaron con su final feliz. Deberían acabar con la promesa de volver,  algo que durante esta primavera he intentado en contadas ocasiones. Regresar porque varias dependencias se me escaparon en mi breve visita. Cada lugar tiene un tiempo merecido para dejarse ver, un tiempo que robamos a otro tiempo establecido. Puede que para cuando retorne no consiga reconocer la Casablanca que intenté comprender o puede que para entonces sepa tanto de ella que sea capaz de recorrerla con ese orden que imprimen las páginas de una apasionante novela.




21 de febrero del 2015.



Mi más sincero agradecimiento a David Cejudo por dejarme ubicar sus conocimientos en algunas fotografías. Su blog: "Arquitectura popular manchega" es el mejor de los referentes para poder adquirir los suficientes conocimientos sobre la gran riqueza arquitectónica de esta Mancha que es la suya y en mi caso, aprendiz de miradas, ese extenso paisanaje que concierta los colores con el alma.


Un apunte, una anotación, hoy, "Vita" cumple años. Sabes que los nombres siempre me desconciertan si no sé su etimología, aunque creo entender que el tuyo debe ser vitalidad, así que sigue cumpliendo años hacia atrás. Un abrazo.