domingo, 21 de agosto de 2016

EL PARAJE DEL RESQUICIO. TERRINCHES. CIUDAD REAL.

Hoy trato de evocar un viaje desde la lejanía en la que te encuentras, esa distancia que nos separa hace más fuerte el deseo de volver a realizar,  en este preciso momento,  un regreso al Resquicio.
Ahora que el verano sigue negándome la oportunidad de buscar nuevos caminos, es precisamente cuando ese anhelo tira de los recuerdos y vuelvo aquí cuando, una tarde de abril que amenazaba tormenta, decidí salir para regresar al mundo de los recuerdos, esa biblioteca particular donde fantasean y se cruzan las emociones, la que se alimenta de nuestras propias experiencias y donde desfilan los libros abiertos de los senderos recorridos.
Hijo mío, entre tu y yo ahora mismo hay una distancia de demasiados kilómetros pero nos cubre un mismo cielo, bajo él siempre te puedo encontrar. Me acuerdo en cada momento de ti, por los pasos que hemos dado, por lo que cada uno hemos aprendido del otro, por las metas que nos hemos ido imponiendo.
Podríamos hablar horas sobre las montañas a las que hemos subido, de los despoblados que hemos compartido, de los árboles que hemos abrazado. De la mano que me has tendido para alcanzar una cima, del silencio que nos separaba mientras contemplábamos el limpio horizonte desde el punto más elevado, hablaríamos de pies embarrados tras cruzar arroyos, de caídas sin daño añadido, de tu mano chocando contra la mía al final de una ruta. De no poner tierra por medio  porque sin viajar no se entiende la vida.
Te recuerdo invitándome a callar cuando atravesábamos dinteles de puertas que sostenían paredes abiertas, porque el silencio no interrumpe el deterioro.
No hay fracturas en el alma si la paz ocupa su lugar, el miedo no existe si se comprende, como el día no acaba si no llega la noche.
Si los caminos se alargaban jugábamos a crear historias con múltiples finales, así elogiaba la manera tan especial que tienes para transformar lo que te rodea en mundos paralelos.
Te imagino  viendo ríos que se despliegan sobre el atlas de tus ojos y caminando descalzo por pendientes acantilados. Veo que en la fragilidad de una hoja residirá tu apoyo y tu consuelo. No dejes nunca de crear mundos donde resida el espíritu que vaga por tu imaginación, no permitas que lo inevitable sea  lo único que triunfe. Acorta las distancias y planea como un halcón sobre un prado, sentir la hierba rozando tus alas puede que sea el mejor de los regalos.
Te invito a que me sigas en este viaje. Te prometí que te describiría todas aquellas excursiones que haría sin tu compañía y hoy tocaba volver sobre nuestros pasos.
Cierro los ojos y veo tu evocadora sonrisa que traza muecas entre la sorpresa y el desconcierto, ¿cómo es posible que en un lugar de la Mancha exista el mágico paisaje que ahora te muestro?
Hay muchos más "Resquicios", alrededor de la ermita de la Virgen de la Vega o en el castillo de Montizón o en el paraje de San Isidro o en el "Pozo sin suelo" o en el despoblado de Torres o en los Baños del Cristo o en los molinos de Montiel...
Desde aquí te escribo, desde donde no hay límites que marquen y desconoces cuando estás en Jaén, cuando en Albacete, porque la tierra es nuestra mientras la recorres, mientras la sueñas, mientras la respetas y quieres.





Es un buen momento para partir, las nubes me avisan.




Retomo el sendero donde lo dejé cuando realizaba la Vía de Anibal, hacia la derecha continuaría por ella, coincidiendo ahora con la Ruta del Quijote.




Elijo el camino de Villapalacios que en ligero ascenso me conducirá al Resquicio.



Agrandaré con la imaginación el tamaño de esta charca, ahora será laguna.



Permíteme que te recuerde que verja que te encuentres cerrada...
Estoy dentro de un coto de caza, por eso paseo por aquí en primavera.



Escojo el camino de la izquierda, al fondo Terrinches y Albaladejo.



El camino de la derecha me llevaría al cortijo de la Parra.
 Me pregunto cómo se verán las montañas desde allí.



La primavera ha regado la tierra en abundancia y el cereal destaca en la llanura.



Un nuevo cruce y continúo a la izquierda.



Una encina solitaria testigo del devenir de los años.



Me recreo en el verde color del campo sobre un fondo de encinas y olivas.



Paso junto al yacimiento romano de La Ontavia observando la gran extensión de terreno que ocupaba.



Ahí está la puerta de entrada a ese pequeño desfiladero que despunta con diferencia entre los terrenos de cereal del Campo de Montiel.



Lirios que alegran los campos y al fondo el cortijo de la Parra.



Un puente de nueva construcción para salvar el arroyo del Resquicio. A la izquierda una pista conecta con el Camino de Andalucía.



La confluencia de pequeños arroyos, el de Mairena, de las Huertas, el de las Higueras convertirán estas aguas en el arroyo del Resquicio.



Olivares a la derecha y enfrente un sinfín de carrascas, robles y encinas.



Una fiesta de espinos, carrascas, rosales silvestres, lirios...acompañados del olor del cantueso y la mejorana.



Las laderas son de pizarra, la enea crece en el cauce del arroyo.



Jara que empieza a despuntar con sus vistosas flores.




Se abren ante mi las peñas que coronan el desfiladero, al fondo destaca un hermoso bosque mediterraneo.




A la derecha en la umbría crecen robles, espinos y zarzas trepando por las laderas.



Enfrente el sol viste a la roca con colores llamativos.



El sendero planea junto al arroyo.



Recuerdo cuando en una ocasión ascendí por estas peñas y las vistas que me regalaron.



La pasarela aboca al reino de lo desconocido, allí donde se sueña con campos siempre verdes.



Vuelvo a mirar la roca que me hace creer que no estoy en las llanuras manchegas



El agua baila al son de mi alegría.



Hace unos años una riada se llevó este tramo.



Siempre me inquieta la sorpresa de reencontrarme con este bosque como si fuese un último reducto de naturaleza salvaje.




Un lugar para recrearse con el sonido del agua.



Y en el prado juego a describir las flores que salpican el entorno.



Un bosque de robles adornado por musgo y líquenes.



Las ruinas de un cortijo en tan bello enclave despierta en mi la evocación del pasado.
 Esta es la dehesa de los Cerros.



Entre bosques y piedras transcurre la tarde.



Puede que su ultimo uso fuese para guardar el ganado.
Me apena desconocer el nombre de los cortijos, porque la historia debe llevarlos en sus líneas.



Frente a él ahora destaca un buen puente difícil de derrumbar por las crecidas del agua.



Me quedo siguiendo el curso del agua y rememoro aquella tarde cuando en compañía de mi hijo nos atrevimos a seguirlo hasta el lugar donde deja de estar encañonado, cómo pasamos dificultades en algunos tramos, encaramándonos a peñas para continuar la marcha y qué maravillosa fue esa sensación de aventura ante lo desconocido.



Quisiera intentar que esta ruta terminara siendo circular por lo que me decido a ascender por el camino que se dirige al cortijo.



Una senda apenas marcada hará de guía.



Las jaras son las reinas del sendero...



...y los robles me acompañan en la subida...



Las flores de la jara desprenden un agradable olor.



...Y pensar que un roble puede alcanzar los 600 años.



Pero he de darme la vuelta. Es imprescindible respetar la propiedad privada.



La encina no pierde su hoja en otoño como el roble.
 Buen sitio para descansar bajo su sombra.



Al regresar me quedo mirando el sendero que faldea la montaña.



Será por ahí por donde inicie el camino de regreso.



Siempre resulta imprescindible observar desde las alturas lo que vamos dejando.



Por esta ladera tan empinada, este pequeño mundo se pliega ante mis pies.




Una estrecha senda me acerca al precipicio...



...debe ser aquí donde subimos en sueños para imaginar que somos el azor que vigila poderoso su próxima presa.



Al fondo las montañas de Albacete empujan al cielo para hacerse notar entre tanto manto verde.



Los lirios me miran en el desconcierto que provoca el haber perdido el camino de vuelta.



Nunca dejo de mirar atrás cuando la vista me regala paisajes maravillosos.



Una maraña de bosque me impide seguir. A lo lejos se perfila la silueta de Puebla del Príncipe.



Será cuando decida bajar campo a través cuando vuelva a oler el aroma de las flores, cuando en el intento por encontrar el camino que conecta con la pista de entrada,  me de cuenta que perderse se hace cada vez más habitual en mis paseos.



Termino siempre con tristeza, quizás porque no me cansa el caminar, porque no me defrauda nunca lo que veo, porque aprendo a cada paso a conectar con la naturaleza como si un trocito de mi fuese ya parte de una rama.



La tarde cae sobre su peso, acercándose sin prisas a los brazos de la noche.



Abril 2016.