domingo, 10 de diciembre de 2017

LOS CASTAÑOS DE HUERTEZUELAS. CIUDAD REAL.


Hay entradas que vienen a buscarte para que las hagas salir, te dicen que es justo ahora su tiempo. Es el momento en el que aquel otoño mágico que presencié el 5 de diciembre del 2016 desea permanecer indeleble en mi frágil memoria.  Vendrán otros, en esta larga secuencia de ciclos, como el actual, tan desolador, pero puede que acudan los venideros a pintar estos campos con otro matiz de belleza,  aunque nunca alcanzarán a ser iguales. La naturaleza es como las personas, cambiante, inexplicable en sus diversas manifestaciones,  pero solo ella es inigualable en su grandiosidad.






Este es el relato de un día inolvidable en lo que bien podría llamarse un jardín del Edén en la Mancha.





La única opción de parada es junto a esta bonita fuente, medio oculta entre olivas, cornicabras, tomillos, madroños...y los cercanos castaños.





Pequeño rincón para abastecerse ante tan largo camino que me aguarda.





Si albergaba dudas de si los árboles que veía desde la carretera eran castaños, aquí se confirma, se funden  la ilusión y la esperanza.





En 1890 Hervás publicaba en su diccionario:"Huertezuelas de Sierra Morena: Quinto de Huertas de la dehesa de Belvis, dio principio su población por la casa que construyó la encomienda para abrigo de labradores y ganaderos. Hasta el siglo XVII no levantaron éstos sus casas propias, ni se constituyó en aldea; en sus comienzos aneja y dependiente del Convento y agregada más tarde a La Calzada. Comprende hoy esta aldea los caseríos Castillo con 6 casas y 24 habitantes; Colorao 6 y 24; Huertas chicas 16 y 116; Huertas grandes 85 y 333; Tía medio higo 7 y 20, con otras menos importantes; dando un total de 130 vecinos y 521 habitantes. Tiene su iglesia dedicada a la Inmaculada Concepción servida por un coadjutor.






Frente a mí queda el camino que me acercaría al cementerio. Yo sigo un tramo de la carretera a Calzada, para desviarme unos metros más adelante a una senda que parte hacia la derecha.





No piense el lector que esta tierra está muerta. Huertas en activo, olivares y rebaños de ovejas y cabras. Además ahora es temporada de caza, de octubre hasta finales de febrero suele ser la época habitual. Hoy creo escuchar realas de perros en la lejanía, puede que tenga que volverme, pero se irá alejando el sonido y podré continuar.




Estos son los días que me hacen caminar con mayor entusiasmo, mi cámara igualmente lo agradece.





A la vista, "El primer callejón". Como una continuación de las Huertas Grandes, es decir, Huertezuelas. Aquí se inicia una serie de aldeas pequeñas que bajo el nombre general de Huertas Chicas, fueron pobladas hasta los años 70, al amparo de buenas tierras regadas por abundancia de arroyos. Como su nombre indica, todo lo que les rodea es zona de huertas, frutales, pastizales y bosque de encinas. Y entre tanta exuberancia, olivares, arces, espinos, escaramujos, robles y esos castaños en agrupación, algunos aislados, que hacen de este enclave natural un lugar singular y probablemente único en su biodiversidad.





Hoy es el ganado el que habita este bellísimo lugar.





Los nombres dan referencias de las peculiaridades de estos lugares, se le conoce también por "Las primeras casas",  "Los coloraos",  o de quien vivió allí, "Tío Nicasio, Tía Medio Higo".
En el año 1966 aún lo habitaban 10 personas, en el 2002 nadie.





Llego a las viviendas, contemplo la sencillez de su construcción, piedra, pizarra, adobe, tapial...chimeneas de ladrillo sobre tejas que denotan que aún hay propietarios que cuidan su aldea. 
Las higueras omnipresentes en las calles vacías.





Y es justo aquí donde me atraviesa esa nostalgia de calles en silencio y me dispongo a perderme en sus vericuetos.




Ante puertas que permanecen selladas...





...ante habitaciones diáfanas, donde la delectación se acomoda en sus rincones.
Se establece un paso a otro paso porque  aquí la frontera no es evidente.




Las ventanas reconducen las miradas hacia el pueblo. La cuerda, en cierta manera, ha roto esa unión.




Y en un infinito fondo, los castaños intentan relegar al verde a un segundo plano.





Un camino hacia las eras se despide transido de añoranzas.




Y regreso a la calle donde se vuelcan los libros vacíos, donde ya no se escriben los nombres con tiza, donde se desintegra el recuerdo.




Y un leve sonido que quiebra la quietud me hace regresar a la realidad...Creo que sigo soñando.





Continúo adelante porque el sendero incita a seguir. La brecha de la felicidad solo tiene un camino.




Llego a un nuevo paraje, aquí las sorpresas no acaban. Huertas con higueras entre buenas olivas, al fondo, castaños y las casas.





Pero el interés crece como lo hacen los latidos del corazón cuando están a punto de encontrarse con algo único.




Un centenario castaño como un gigante en continua defensa, en lucha por sobrevivir.





Ardió y se abrió como desgarrándose por el dolor hiriente del fuego.





Otras plantas son las que se ocupan en transferirle la vida, ese último empujón que le separa de la muerte.





Ahora el paso por un arroyo invadido de hojarasca y sembrado de piedra suelta. Oir discurrir el agua estremece deliberadamente.




Miro hacia atrás y pienso en las distintas formas que adopta la eternidad cuando alcanza a la naturaleza.





Cerca de él han nacido otros castaños, hijos de su alargada sombra.





Y miro a la tierra, al album de las hojas muertas.





Y abriéndome paso por el camino que abraza entre zarzas y el olor a menta...





...llego al "Segundo callejón". Qué curiosos y sencillos nombres para expresar las distancias.




En algunas viviendas cohabitan frutales con zarzas, con vigas y tejas, con historias decapitadas tras la caída de tejados.





Me imagino viviendo aquí en la soledad de las soledades donde reina la paz que acomoda los sentidos. Imaginar que hay tanto por hacer. Enriquecerse en ideas. Y ensayar olvidos entre calles desiertas.





Este " Segundo Callejón " también aparece nombrado como " Trinidad/ Colorao".
Contaba con 6 habitantes en 1966. En 2.002 ya no quedaba nadie.





En este rincón un granado persiste entretejido a la pared que le abriga de despiadados vientos.






Y saliendo de esta aldea donde una higuera me despide...




...encuentro que los senderos cada vez se hacen más extraños, se desdibujan para evitar ser invadidos.





Qué hermosa vista desde enfrente. El caserío desparramado como evadiéndose de las alturas.





De nuevo el camino disfruta con la sorpresa, cambia el firme, prefiero el anterior. Al fondo, Las Casas del Castillo.




Las sierras ondulantes, hechas de senderos que las parten, que las exploran, que las perpetúan.




Y el ganado pasta ajeno a mi silencioso caminar.




Y a lo lejos, una vivienda habitada, quizás detrás se encuentre el antiguo camino que unía Huertezuelas con Calzada de Calatrava.




Las Casas del Castillo son dos núcleos diseminados, a ambos lados del camino.





El primero cuenta con un buen olivar.




El segundo, se eleva como la senda a la espera de sorpresas.





El edificio más notable es éste...





Por delante se puede ver la magnitud de su fachada. La era le precede.
En 1966 contaba con tan solo 8 habitantes.





Las puertas se abren a un laberinto de más puertas que alargan a un más la desazón de lo que se va hundiendo.




Todos estos lugares disfrutan de hermosas vistas, además cuentan con un arroyo cercano, aquí también hay una alberca.
Y la calle como punto de partida, como vasta extensión de los dominios del recuerdo.





Y un gran horno que a duras penas se mantiene en pie.





Aquí vuelven a confundirme los nombres, no han dejado de hacerlo desde que inicié el recorrido. Desconozco si los dos núcleos se llamaban Casas del Castillo o el que se encuentra a la derecha del camino era el citado como "Casas de la Trinidad/ Tío Guillermo" o "Tercer callejón".
Es curioso como los nombres juegan con las aldeas o quizás sean éstas las que intercambian sus apelativos.
Lo cierto es que estas viviendas se encuentran cercanas a La Hoya del Castillo.





En mi regreso dejaré sin ver " La huerta de la Rosala", creo que debe estar en una zona vallada, nunca tuvo más de dos habitantes. Algo pendiente para volver, anotado queda.




Como no me resigno a ver las otras casas, encuentro un empinado camino, ya sin valla, que me acerca a sus eras escalonadas y esa vivienda que bien podría pasar por torreón vigía.




De muy difícil acceso, consigo ascender a la zona más elevada para, entre escaramujos, sacar una instantánea de sus ruinas.






La historia del regreso se escribe con nubes y claros en un cielo con calma, que me sigue regalando imágenes cambiantes de una ruta excepcional.




Y ya es hora de que comience a enumerar, aquí madroños.




"El Segundo Callejón" y al fondo el cerro de la Utrera.




El camino que me llevará a los castaños, los auténticos protagonistas de esta entrada.




El amarillo de arces y nogales.




Un roble en primer plano.




Asciendo por las eras para ir dejando atrás las viviendas.




Los primeros castaños...




...y sus inconfundibles hojas.





Y un sorprendente espacio natural, un bosque encantado.




Magnífico ejemplar de castaño centenario.




Un espigado enebro.




Un elegante rusco.




Mirar semillas y hojas es como volver a ser niños...




...y dejarse llevar por barcos de papel que alejan la corriente.




Solo los bosques acentúan el espíritu, nos alejan de la realidad y nos conducen allí donde se pliegan las palabras al uso de los sentimientos.





Los cuencos de unas setas como copas donde beber los petirrojos.




Y es ahora cuando dejo que las palabras sean imágenes que hablen por sí solas.






































































Y cuando aún no he podido desprenderme de la magia que dura mientras los instantes dejan de medirse...




...desciendo para encontrar otra entrada a la aldea, esos pasos perdidos, antaño bien transitados por los escasos habitantes de estos bellísimos lugares.





Y un árbol, no sé bien si amenazante o huidizo, intenta levantar el vuelo sin hojas que se lo permitan.
No sé el porqué siempre salgo de un bosque acompañada de esa niña que fui, que se dejaba embaucar por las páginas de los cuentos que con tanta avidez leía.





¿Cuántas formas hay de mirar un despoblado?. Tantas como sentimientos alberga el corazón de los que allí se quedan.




Aprender a construir, sería un buen oficio.





O aprender a remachar los calderos de zinc.




Aprender a volver a cuadrar las puertas desencajadas.




A ser campesino, arriero, pastor, hortelano...




A construir despedidas con la llegada de las estaciones. Aprender a quedarse cuando la tierra lo solicite.





Aprender las formas de las diversas hojas. Nogueras.





Y los nombres de los arroyos.





E imaginarte cómo eras antes de tu accidentado destino.





A quitar pestugas, a secar higos...





A espantar pájaros y conejos del huerto.




A enumerar cada uno de tus árboles, a abrazarlos.




La vuelta sigue siendo un hilo de sigilo entre ruinas que ahora son tremendamente conocidas...





...donde la cuerda ata el último nudo que se hizo.
No escapa nada, ni un anhelo, ni un rumor, ni el amargo sabor de la despedida.





El día se abre equidistante entre dos puntos, Huertezuelas y su primer callejón.





Y la luz se siembra como la primavera sobre el invierno, como los versos que se declaman ante un público entusiasmado.




Mientras escribo ésto, creo que con cada palabra pongo una piedra más en el destino de estas viviendas.





Y que nunca nos alejamos del todo de aquellos lugares donde la historia se sigue escribiendo con los pasos que se detienen a contemplar el trascurrir de los días. Quizás el mejor de los oficios sea el de caminante de sueños perdidos.





Y es ahora en esta fuente cuando tomo prestadas las hermosas palabras de Ceferino Fernández escritas en su libro "Huertezuelas 1.772-2.002":

"Pero Las Huertas viven, entre sus peculiares zonas que identifican la contrariedad y la pérdida de identidad de un pueblo como el manchego, con La estación que no es tal, con Cantarranas donde solo cantan los grillos, con el Corralón del que solo queda su nombre, con el Chorrero que ya no tiene chorro, o las Nogueras donde ya no queda ninguna, con una plaza a la que faltan las pocas señas de identidad que tuvo como la fuente. Quizá la identidad del Cerrillo o las escuelas que se mantienen a duras penas, La era de la Fermina en el olvido y con tantos otros sitios que se nos escapan en el tiempo y empiezan a aparecer solo en el recuerdo, Colorao, Tía medio Higo, sustituidas por El  primer y segundo callejón de las Huertas Chicas, El Castillo, La Huerta de la Rosala, la distancia del Campillo, la Casa Abajo y el querer y no poder ser de la Lisea. 
A pesar de todo sigue siendo algo importante, la tierra de todos los Huerteros.





Brillante cierre para coronar desde las alturas la hermosa vista de una ráfaga de castaños que acabaron por quedarse varados en estas sierras.





5 de diciembre del 2016.





Imprescindible detenerse con tiempo en la página web de Huertezuelas.