lunes, 5 de diciembre de 2016

CAMINANDO POR EL BIERZO. LEÓN.

Son ventanas a las que me asomo para dejarme sorprender. Ellas, inmutables, desconfían de los curiosos. Las descubro sin contraventanas, sin rejas, limpias de cristales, abiertas a la intemperie. Desoladas en su pequeña magnitud. Voy derecha a ellas para asomarme a su mundo interior, ellas dejan ver el exterior, no es lo mismo ser ventana que ser ilusión perdida.
Son puertas, simplemente puertas. Permanecen desvencijadas, carcomidas, dañadas brutalmente por un golpe seco. En otras solo descubro el hueco que ocuparon, ése no podrán arrancarlo.
Quedarán las marcas que el labrador dejó para anotar los jornales, la muesca que un niño hizo con su primera navaja, las argollas que sirvieron para atar las caballerías, veré los nombres de los que trabajaron la tierra, de los que se enamoraron y compartieron un solo corazón.
Quedará el silencio de una puerta abierta, profanada.
Quedará abierta a una estancia vacía de enseres, de entramados polvorientos, dueña de arañas que con su tela tejen de nuevo la estructura de una casa, la suya.
No podré extraer de cada casa abierta los sentimientos que afloraron, esos que aún juegan en los rincones, que descalzos junto a una lumbre apagada susurraron palabras a escondidas.
Sus dueños volverán a visitarlas en los encuentros que bajo una luna llena brotan bajo los suelos que ahora son montones de escombros.
Intentaré sacar los recuerdos hacia afuera, que partan de una vez por puertas y ventanas abiertas.
Ellos partirán conmigo cuando abandono sus viviendas llevándome en mi cámara la última luz que ciega un espacio vacío.
Puede que caminando me cruce sin saberlo con ellos. Puede que me reconozca en sus rasgos gastados cuando ensimismada me dejo confundir por el regato de una fuente cegada.
Cuando deje de ver su pueblo con la última mirada antes de la despedida, ellos volverán a descansar en la siesta, a enjalbegar las paredes con cal, a trenzar el esparto,  a encender los fuegos que calentarán los pucheros de barro impregnando con su aroma la estancia, se dejará fermentar la masa que dará cuerpo al pan que al día siguiente tapará el hambre y alumbrarán con candiles las noches de los caminantes  que se pierden en la última hora del día.
Fuera seguirán transcurriendo las estaciones, el cereal irá creciendo, las espigas granándose, el cerezo florecerá en mayo, la castaña se guardará en las corripas y la noche se hará larga, demasiado larga.
Tu casa se vaciará hacia afuera, una vez más, de conversaciones animadas que el viento irá recogiendo, la tristeza reinará entre los huecos de las despensas vacías y la soledad será la reina de tu hogar.
Fuera, los lazos serán de hiedra impetuosa, de zarzas dolidas por sus espinas.
Y cuando regrese a verte en cada página que escribo, las palabras serán palomas y tu imagen, su cobijo.

Es Octubre y tengo la intención de visitar algunos lugares del Bierzo, se me llena la boca de nombres, todos quiero visitar. Llego a Borrenes y me encuentro con un pequeño pueblo lleno de tranquilidad, desde allí un día me acercaré a Las Médulas y me dejaré arrastrar por su encanto, será un día sosegado, limpio de visitantes, me dejaré enamorar por sus colores y sus castaños. Seguiré con la Balouta y ese desfiladero que parte del despoblado y que es de una belleza singular.
Otro día me dejaré embaucar por los zufreiros del Frade, los alcornocales más bellos que he visto nunca.
Pero será un nombre, Santa Lucía de Valdueza, la que me hará coger una mañana esta ruta que en un principio no pasaría por allí, pero un cúmulo de casualidades hará de la sorpresa un acierto.





Esta mañana todo son líneas. El cielo parece estar marcado por una escuadra y un cartabón. 
Parto de Borenes, bonito y tranquilo pueblo donde se ubica mi actual vivienda, una agradable habitación del Hotel Cornatel.
Llevo dibujado en un papel una ruta circular que parte de...




...Paradela de Muces. Aparco el coche junto a la iglesia de San Miguel. Me compongo una idea contemplando su espadaña de lo que a partir de ahora no veré. No habrá campanas, ni verjas, ni puertas...




Voy a Ferradillo. Me asombra el hecho de encontrar un indicador con su nombre. Más adelante volveré a encontrarlo en un cruce de caminos pero...




Me detengo en una casa del pueblo, aquí apenas viven 30 personas y una de ellas trabaja bien la madera.




Al encontrarme de nuevo con un indicador me asaltará la duda de si para ir a Ferradillo he de elegir la senda de la derecha o la menos marcada de la izquierda o puede que solo tenga que seguir los trazos que cortan el cielo como si una pista se abriera para llevarme a su encuentro.




La mañana es fría. Me inquieta el equivocarme pero el paisaje es tan bello que decido continuar hacia las montañas que fondean sobre el horizonte.




Todo el sendero es un continuo ascenso, sin tregua apenas. Las vistas en cada descanso hermosean con un fondo que despierta del letargo de la noche.




Cada vez estoy más segura, a pesar de los desvíos que quieren confundirme, de que en aquellas peñas se esconde Ferradillo.




Pero no será hasta que penetre en un cerrado bosquete de avellanos cuando tenga la certeza de que el camino es cierto y la intuición no me ha abandonado en esta ocasión.




Durante unos largos minutos disfrutaré de la penumbra que regalan estos arbustos que crecen siempre con innumerables tallos. 




Y será ver tu nombre en un cuidado cartel el que me haga suspirar de alivio, de alegría y esperanza.
Todo marcha como estaba previsto.




Ferradillo a 1.220 m. de altitud ya no está deshabitado. Compartirán espacio viviendas en ruinas con otras recuperadas con grácil estilo.
En una primera impresión, el silencio será el rey en este asentamiento, pasearé por todos sus rincones desprovista de inquietud.




Iré en dirección a la zona en ruinas, la parte baja del pueblo, la que acumula muros y vegetación con la duda impuesta de desconocer lo que fue cada edificio.




Y me asomaré a puertas, las protagonistas junto a las ventanas de esta incursión por el Bierzo.




Esta es la sencilla área recreativa del pueblo. Voy llenándola poco a poco de gentes que acuden a merendar o a bailar o simplemente a convivir en paz.




Y paseo con la tranquilidad que me da el anonimato, con la inquietud que me ofrece el requiebro de muros que tuercen entre calles invadidas de zarzas.




Las escaleras se doblan por el paso de los años, por el peso de los días, por el descuido no provocado de los ausentes.
Ferradillo contó con 40 casas. 




Sus vecinos vuelven. Oigo coches que llegan y voces que me devuelven a la realidad.




Eran famosos sus pozos de nieve y sus excelentes patatas.
Este pueblo guarda un pasado de gran actividad guerrillera. Fue el centro de operaciones de la legendaria partida de Girón.




Contó con casona para el cura fechada en el año 1782. Sus muros asombran por su solidez, de nuevo las ventanas llaman mi atención.




La espadaña del templo de San Bartolomé. Altiva y espigada simulando ser peña.




Puerta de acceso a la casa del cura. Puerta fechada, abierta a un horizonte de montañas.




Al igual que en otros lugares del Bierzo encontraré árboles tallados, para extraer de ellos un símbolo de esta comarca.




Voy dando vueltas por este pueblo al encuentro de las voces que poco a poco se van definiendo.




Sin duda me gusta Ferradillo aunque aún no haya encontrado su fuente. Su cielo es hermoso, escudado entre montes y árboles.




Entro en su iglesia entre rosales silvestres que no impiden el paso.




Aún resiste la techumbre de madera, convive con nombres que no son del pueblo, de visitantes que no entienden lo que es el respeto.




Da la sensación de que en breve cambiará su paisaje interior cuando las primeras nieves irrumpan se llevarán por delante este entramado que guarda el equilibrio como puede.




A veces no quiero partir de un lugar, ultimamente me ocurre a menudo. Trato de ver donde no se ve, de sentir donde no se escucha.Y es cerca de aquí donde me encuentro con una agradable familia y converso con ellos sobre los caminos que parten de Ferradillo y de cómo ven con tristeza como se hunde su iglesia.




Enfilo la senda que me puede llevar hacia varios destinos.
Me han dicho cómo llegar a Santa Lucía, la razón de mi viaje se me abre desde una puerta que es ahora una calle.




Bonita fuente a la salida del pueblo, buen lugar para reponer y descansar.




De aquí parten diversos senderos, el que desciende a Villavieja, el que asciende a Campo del Agua y creo que te acerca a San Adrián, el marcado con colores rojo y azul que desconozco su destino y una sendita que habrá que tomar a la derecha de éste último para llegar a Santa Lucía.




Busco con fortuna una buena panorámica de estas montañas bercianas que iré dejando de ver en el camino.




Una vez cogida la senda discurre entre escobas, robles y vacas.




Es lo que tiene caminar desconociendo la ruta a seguir. Tras unos minutos contemplando el horizonte me decanto por la senda de la derecha.




Continuamente en descenso, mal camino y un sol que luce fuerte,confieso que estuve a punto de volverme. 
Es esa voz interior que a veces dejamos salir la que me indicaba que tuviese paciencia y que esperase a la siguiente curva por si entonces se dejaba ver el pueblo.Y fue justo aquí donde me pareció ver la espadaña de la iglesia.




Y una vez abajo, entre un frondoso bosque de castaños surgió Santa Lucía.
Imaginé que sería pues carteles con su nombre no encontré.




Me siento bien paseando por cualquier bosque pero entre castaños soy muy feliz. Necesito bien poco para encontrarme rebosante de alegría.




Las casas aparecen medio escondidas. Como ocurre a menudo es la vegetación la única que habita un pueblo abandonado. Los castaños están marcados lo que indica que son cuidados y explotados.
Veré entre la maleza algunas corripas.




Las lajas de pizarra se descuelgan como intentando escapar pues ya no se sienten útiles.




Veré casas que aún se mantienen aceptablemente bien, entre otras que resulta dificil reconocer el uso que tuvieron.



Será justo antes de llegar a la fuente La Veiga cuando escuche voces de mujeres. Las saludaré y me uniré a ellas para recorrer el pueblo.




La única fuente que se mantiene en buen uso gracias al cuidado del ganadero cuyas vacas pastan tranquilamente alrededor de la iglesia.




Creo en las casualidades desde niña, ellas nos conducen por caminos en los que conocemos gentes extraordinarias, gentes sencillas, aquellas que respetan lo que ven o porque lo llevan en su formación o porque han aprendido a quererlo tras muchas idas y venidas. Es en estos lugares donde los encuentros terminan siendo una agradable conversación, un entretenido paseo, un mirar con ojos que sin ser los tuyos se acomodan con nosotros y nos dejan ver lo que se compartió en el pasado.
Quiso esta casualidad que allí conociera a Elida que había nacido en Santa Lucía y esa misma casualidad quiso que coincidiéramos en el espacio y en el tiempo. Ella llevaba 15 años sin visitar su pueblo, yo había elegido justo este día para verlo. A ella la acompañaba su hija Noelia y Pili, una amiga. Las cuatro nos dejamos llevar por el encanto de este pueblo que aunque en un principio parezca que está muy perdido, eso queda a un lado cuando puedes recrearte en la silueta de su bellísima iglesia.




Y vuelvo a deleitarme con las ventanas, vuelvo a ser la niña que se asomaba a todas las que le salían a su paso.




He leído que aquí hubo un monasterio en el siglo IX y que probablemente con sus piedras se hiciera esta iglesia.




No esperábamos encontrarnos en el altar mayor con una vaca pero no parecía ni estar perdida ni incómoda por nuestra presencia.
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Son las ventanas que ahora vemos las que nos devuelven al pasado, cuando sentados en los bancos distraíamos la mirada hacia ellas. 
Siguen ocupando el mismo lugar, nosotros hace tiempo que estamos desubicados.




Perdió en un incendio su estructura de madera, pero ni el fuego puede derretir su elegancia.




Imagino que éste sería el pequeño cuarto para uso del sacerdote.
Hoy la hiedra es la que viste con solemnidad las recias paredes.




Enamora esta puerta abierta a las voces que dejaron de oirse, a los cánticos que retumbaban por sus paredes, a las imágenes que sacaban en procesión.




Y el monte cierra con exuberancia el horizonte que protege al pueblo abrazándolo como a un amigo herido.




Hay pueblos que son bosques, pueblos que son iglesia. Y ésta con su cementerio y ese gran castaño que le escolta resalta, sobre el otero que ocupa, como si fuese el centro de este valle berciano.




Con que precisión se eligen los árboles que van a dar compañía a un templo. 




Me despediré de estas encantadoras mujeres bajando en dirección a la pista por donde han venido.
Un paseo delicioso, buscando la silueta de lo que fue la escuela o la ubicación exacta del lavadero que ahora yace oculto en algún lugar infranqueable.
La pena de Elida por ver su pueblo tan herido se equilibra con sus recuerdos.
Me despido y continúo sola en busca del río y de alguno de sus molinos.




Mientras desciendo me encontraré con jabalíes y ese ruido estrepitoso que hacen escarbando la tierra.
El río baja impetuoso. Intentaré encontrar alguno de los tres molinos que existieron pero no tendré suerte.




A la vuelta descubriendo nuevas ruinas, haré ejercicios de música, por los trinos de los pájaros; de filosofía por lo que hay de cierto o de incierto en nuestro futuro y de dibujo, intentando alinear piedras para volver a formar fachadas.




Me parecerá que detrás de cada puerta o ventana alguien me observará con la curiosidad que yo misma transmito cuando me traslado del exterior al interior de una estancia.




Mientras paseo creo ver que el pueblo no está tan derrotado como me pareció en una primera impresión. Hay que ver cada lugar las veces que sean necesarias, perderse entre sus calles. Vaciarlas primero para luego poder llenarlas.




Los castaños se han extendido por todos los rincones, son los nuevos inquilinos, su sombra cobija y ampara. En otoño será un encendido amarillo el que coloree los muros caídos.




El pueblo contó con 32 casas. En el año 1960 quedaban 60 habitantes.
El 12 de agosto de 1964 cayó una fuerte tormenta, fue el principio del final. El deslizamiento de tierras se llevó por delante parte del canal de riego de las huertas. Aquí se vivía de los castaños, nogales, manzanas...y de la ganadería.
También leí que el 8 de diciembre de 1970 se marcharon los últimos.




Elida recordó que esta era su escuela. Ese lugar donde aprendemos a ser como somos, donde siempre permanecerá un grato recuerdo hacia nuestros maestros.




La despedida es la conquista de un espacio nuevo en nuestro corazón.




Un centenario castaño, como un gigante guerrero que custodia su principal enclave.




Ahora con nitidez desde arriba veo perfectamente tu espadaña. Podrían enseñarme cientos de fotografías de despoblados y nunca te confundiría con otros.




Una imagen vale más que mil palabras y un camino nunca acaba mientras veas frente a tí esas líneas que esperan tu llegada.




Una vez arriba me confundo y en lugar de coger el camino que lleva a Villavieja, cojo el sendero marcado con pinturas roja y azul. Hasta hoy no sabía que se trataba de las marcas de la Travesía integral de los Montes Aquilianos y que me llevaría al pueblo de Rimor.




Al principio es una senda bien marcada entre robles.




La agalla del quejigo o cómo un árbol intenta protegerse de los insectos.




La senda se hará cada vez más inclinada y surgirán entre los robles algunos avellanos y arces.




Los líquenes dan un toque distinguido a los troncos de los robles.




Tengo que darme la vuelta a pesar de que el sendero es bellísimo pero no quiero perderme.




Avisto por fin Ferradillo y me siento de nuevo como en casa.




En su fuente descansaré para una merienda frugal y probar su agua.




Volveré a detenerme en ese rincón tan mágico que rodea a su iglesia. Donde ventanas y puertas permanecerán mientras Ferradillo continúe habitado.




Es esa segunda vuelta que le doy a los edificios la que me muestra el detalle de una fecha.




Será una sencilla ventana la que se quede en mi memoria como lo último que vi en Ferradillo.




Los avellanos volverán a sombrear el sendero, a dar ese toque de nostalgia que solo la penumbra conoce.




Y me dejo llevar por la ilusión de  poder ascender a sus cumbres...




... y de que ellas nos acogen y  nos refugian gracias a los sueños compartidos.




De que me iré lejos pero me llevaré conmigo sus siluetas, las que recorreré leyendo cómo otros las subieron.




Un descenso prolongado, eso son las partidas, las de vuelta. Un regreso repleto de sensaciones.




El Bierzo se recorre con un libro en la mano, con un pensamiento en la mente, con las trazas que dejan nuestros pies sobre sus innumerables senderos. La tierra reclama ser visitada, incalculable en su valor.






Me detengo en las facilidades que presta una página, este libro vacío de respuestas que poco a poco voy llenando.
Si hubiese cogido el camino de Villavieja, el pueblo que se ve al fondo, descendiendo desde Ferradillo, bien visibles sus montañas al fondo, el recorrido habría sido circular, haciendo parada en el castillo de Cornatel y volviendo a Paradela de Muces.
Así que al día siguiente tras hacer otra ruta me acerqué al castillo y bajé caminando hasta el pueblo.




Marcharse del Bierzo y no ver esta fortaleza sería un triste final o quizás una excusa para volver.




Con un probable origen romano por la cercanía a Las Médulas.
Contó entre sus moradores con caballeros templarios.
Y fue el mejor de los escenarios en la novela romántica "El señor de Bembibre".




Quizás sea uno de los castillos que cuenta con una forma muy explícita y cuidada de darnos a entender su historia y lo que fue cada una de sus estructuras. A ello contribuye en alto grado la simpática joven que trabaja en tan privilegiado lugar.




Los distintos edificios que componen la fortaleza están muy bien restaurados y el laberinto de salas hace que su visita sea una auténtica aventura.




Pero quizás lo que más me encantó fueron sus vistas, esa perfección que allí existe entre la fortaleza interior bien arropada por arbustos y ese vértigo que imprime el asomarse a los cantiles sobre los que se yerguen sus piedras.
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Sin duda un magnífico enclave desde el que contemplar el Bierzo sea un deleite para los sentidos.




Y de nuevo son las ventanas las que dan protagonismo a esta historia, la que ellas podrían contarnos, si hablaran; la que ellas podrían mostrarnos, si supiésemos ver.




Desde sus almenas vuelvo a ver las montañas que desde un principio me han acompañado en este trayecto. Quiero cerrar los ojos como si fuese el objetivo de mi cámara y guardar para siempre su impresión en mi retina. Así cada vez que quiera volver al Bierzo, rescataría de mi mente esta imagen inolvidable.





Septiembre 2016.




No puedo concluir sin agradecer a Saturno, dueño del hotel Cornatel, aparte de su amabilidad, el promotor de este viaje. Con tu mapa dibujado en una hoja, muy bien detallado, me indicaste cómo hacer esta ruta circular. Aunque sabías que quería ir a Santa Lucía pero este pueblo quedaba apartado de la ruta.
Confiaste en mí cuando regresé y te dije que allí había estado, sin necesidad de ver las fotografías.
Sé que te pareció algo descabellada esta travesía por la longitud del recorrido, pero una de las razones por las que había llegado al Bierzo era ese pequeño pueblo.
Te prometí que el año que viene volvería, esta vez haré tu ruta y por supuesto que subiré al Campo de las Danzas para acceder a San Adrián, otra locura.
Muchas gracias a tí y a tu hermana por hacer de mi estancia en Borrenes un auténtico placer.




Y entre bosques de castaños y piedras de Santa Lucía tuve la suerte de encontrarme a Elida, Noelia y Pili, a vosotras va dedicada esta entrada.
Esa casualidad que irrumpe a veces en nuestras vidas nos regala la reminiscencia de un viaje.
Os prometí unas fotografías del pueblo, quizás las palabras no estén a la altura del paisaje pero siempre conservaré en mi memoria el grato recuerdo de vuestra compañía.
Un abrazo.