domingo, 14 de agosto de 2016

EL JARDÍN DEL RÍO BOGARRA. LOS VIZCAÍNOS. BOGARRA. ALBACETE.

Erase una vez un jardín de árboles diversos que crecían junto al río Bogarra, jardín de senderos que se perdían entre la espesura de su desmesurada vegetación, franqueado por elevadas paredes rojizas como enormes cíclopes guardianes del poder de la palabra. ¿ Acaso no son palabras las que con su justo saber resuelven en unirse para formar como  regatos de agua el río de la vida que conduce a un inabarcable final, un mar infinito de sentimientos?.
Pero al caminante se le presentan dudas, pero ¿y si en realidad no existimos?. ¿Y si cada vez que abrimos los ojos tras un desvanecedor sueño es para vivir otras vidas paralelas?. Así las situaciones a las que nos enfrentamos representan una nueva partida en este tablero de ajedrez que es la existencia. Unos son buenos jugadores y hábilmente pueden adelantarse a su final. Otros se dejan llevar por la irremediable pérdida del que desconoce las reglas del juego.
Si abres bien los ojos puede que pienses que eso lo has vivido antes pero no con igual intensidad. Fragmentos de este mundo real se perpetúan en el espacio como senderos de un jardín que crece descontrolado. Itinerarios que se cruzan como laberintos revestidos de hojas que con indiferencia se rebelan para plegarse y así una vez reconvertidos en escaleras acabar formando parte del mundo de los sueños. Si sabes elegir el momento justo para despertarte puede que coincidas con el instante anterior que te precipitó hasta este desafío.
No es un simple juego de azar. En la pesadumbre de la fatiga comprendes que es imposible seguir en esa línea, que en un solo segundo no puedes vivir dos momentos iguales. La rueda gira y nunca se detiene, no puedes atrapar un olor más allá de la inspiración, ni conservar al detalle una imagen sin la lente de tu cámara.
¿Y si no existes y todo es una invención y estás en la mente de otros?. Tendrías un as bajo la manga, quedarías libre de dolor, exento de culpa, cambiarías tu frágil devenir, podrías engañar a la muerte que acecha bajo distintas formas.
Las elucubraciones alimentan nuestras horas perdidas, surgen a menudo acompañando al caminante solitario que se recrea en lo que ve, en lo que le sugiere la naturaleza, en esa proposición sobre qué querríamos ser en otra vida, quizás un olivo centenario, la granada que se resiste a caer, la flor del taray, o simplemente la sombra de una frondosa noguera.


Desde Bogarra, bellísimo pueblo de trazado laberíntico, se coge una pista que te lleva a Los Vizcaínos.



Tras pasar un desfiladero oigo el río Bogarra. Las nogueras encuadran el paisaje convirtiéndolo en una primaveral postal.



Surge alrededor de su cauce ese jardín que alimenta sus aguas.



Un esbelto chopo señala el lugar donde las huertas reciben el regalo del río.



Los Vizcaínos es una pequeña aldea con casas rurales de cuidado nombre, Arnelia.



En ligero descenso voy dejándome atrapar por las formas de este cañón sorprendente.



Las huertas se nutren de un perfecto sistema de riego formado por canales y muros que nivelan la tierra.



Sigo despacio esta sencilla conducción hidráulica.



Un primer encuentro será con un cerezo que en junio aún no ha madurado su fruto.



Y con las hojas de un olmo afectado por la picadura de un insecto.



En este bello entorno surge a la derecha una casa integrada en una cueva.



Las flores del granado sobresalen en vistosidad entre distintos tonos de verde.



La espectacularidad de las flores de la yuca adornan la entrada a la vivienda.



Y las malvas despuntan inclinándose a mi paso.



El camino se adorna de higueras y granados.



Me sorprende esta imagen tallada en la roca engalanada con la sencillez de unas hojas de parra.



En la misma orilla del camino, muy cerca reposa otra escultura. Se desprenden de la piedra como queriendo escapar de ella.



El autor de estas bellísimas esculturas es Gabriel Martinez Monroy.
 Me pregunto qué quiso expresar con sus obras, qué sueños intentó hacer realidad.
 Lo cierto es que consiguió que su arte fuese el centro de atención de este jardín mágico.



Una cruz celta parece ser la pieza que abre una puerta oculta.



Y en la pared veo la imagen de un Cristo. Inverosímil en su altitud, fascinante el trabajo realizado.



Entre higueras el blanco de su figura resalta sobre la roca oscura.



Continúo con mi camino, imaginando cómo las manos del artista plasmaron tanta belleza.



Un rosal silvestre o escaramujo con el caos de sus tallos enredando el aire.



La madreselva trepa como tela de araña regalando su agradable olor.



Cruzo un sencillo puente. A partir de ahora el Bogarra se deslizará por mi derecha.



El almez, sus frutos llamados litones son comestibles.



Me llama la atención un estrecho sendero que aparece a la derecha.



Desde aquí contemplo el Bogarra en todo su esplendor.



El lentisco, del que se extrae una resina aromática,  crece por doquier.



El taray o taraje y su predileccion por el agua.



Regreso al camino principal pues el sendero se pierde entre la frondosa vegetación.



El cañón del río Bogarra se abre ante un espectáculo de montañas de espléndido colorido.



Y a olivares que parecen ir de puntillas asombrados por el paisaje.



Y a chumberas de amarilla flor. 



La fragancia de la flor del olivo es inolvidable.



Sobre las laderas se deslizan olivares junto a pinos en una conjunción ideal.



La montaña más alta, el Padrastro, encuadrada por un marco natural.



Los olivos se presentan  como estatuas de aceite y vida.



Ese encuentro tan esperado se presenta ahora tras mis pasos por un pinar.



Enclavado en un lugar espectacular, me asombra lo grande que es.



El tapial forma parte de sus paredes, ventanas pequeñas y un tejado que parece aguantar.



Impresiona su solidez y altura.



Se asoma al desfiladero donde el Bogarra ha perdido su identidad, ahora se llama Mundo.



Le voy dando la vuelta para dejarme llevar por la línea de sus muros, no hay acceso posible.



Muros que un día guardaron el ganado.



Muros que amontonan días de trabajo, días de cansancio, pero también de satisfacción por el resultado obtenido.



Entre lentisco, almez e higueras, un rincón escondido.



Ventanas libres de rejas, del azul del cielo reinante.



El horno, pieza fundamental en la vida diaria de los que habitaron este cortijo.



Las paredes se vencen tras el paso del tiempo, muestran al desnudo sus huesos de piedra.



La retama avisa que la tierra pronto dejará de ser verde. El verano hará pronto su salida a escena.



Tendría que haber continuado el camino contrario, podría haber llegado al cortijo del Avellano, o a Los Cárcavos,  pero el sol de junio es un guerrero que nunca pierde batallas.



El enebro me distrae de la última visión de San Martín.



Y un gigante me hace sentir pequeña de una manera sutil.



Surgen más ejércitos de roca.



La luz solar viste de intensos tonos al desfiladero...




...demuestra que el paisaje es mucho más bello si se impregna de la luz de la mañana...



...y los caminos se vuelven más nítidos.



Reparo en detalles. Hubiese sido posible continuar por la senda que surge tras el puente.



Vuelves a ser Bogarra de nombre.



El cañaveral acompaña al agua en su curso.



Y un fresno teje de encaje, como tela de araña,  el cielo de Albacete.



Dentro del jardín del río Bogarra el tiempo no parece transcurrir.



La higuera me señala un aprisco para el ganado que antes no había visto.



Y un ángel atrapa el juego de luz y sombras para tomar vida en el jardín que crece bajo su protección.



Guardianes de la naturaleza, protectores del río de la vida.



El sol hace que me fije en esta imagen, hecha del alma de la piedra.



Los Vizcaínos ya despertaron de su letargo.



El intenso blanco de sus paredes encaladas, de su trazado intricado, de su soledad adormecida.



Salgo por donde entré, paseo por el desfiladero que me llevó hasta el río.



El chopo apunta al cielo, empequeñeciendo a  nogueras y pinos.



Enfrente descansan las ruinas del cortijo del Corral de las cabras.




Me acerco para reparar en los detalles del abandono.



Más adelante otras ruinas, las de la Casa de las Memorias, qué nombre tan evocador.



De vuelta, me paro para fotografiar Bogarra, detrás el Padrastro observa incólume el devenir del pueblo.



Un alto en el camino para intentar atrapar los últimos días de una primavera espectacular.



                  Un 16 de junio, 2016.


"El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros". 
" El jardín de senderos que se bifurcan" de Borges.


Agradezco la ayuda en botánica de un experto murciano, Sebas, conocedor de todas las plantas que se escapaban de mi memoria.



7 comentarios:

  1. Leer esta entrada es adentrarse en el cuento que la inicia y dejar de ser persona para introducirse en los paisajes que retratas, asombrarse con los relieves y volver a sentir la primavera para acabar digiriendo tan potente verso.

    Saludos.

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    1. Como un lugar mágico, de cuento, precísamente esa fue la primera impresión que tuve de este paraje. Las estatuas rodeadas de una naturaleza tan variada, los cortados, el río...qué más podría pedir para un paseo por los campos de Bogarra.
      Y el verso se desprende solo, es lo que tienen los caminos que dulcifican nuestro estado de ánimo.
      Un abrazo.

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  2. Erase una vez.... una viejita entrañable que contaba a unas niñas historias reales acaecidas en esos hermosos parajes; y por primera vez,querida blogera,su relato, o mi imaginación,era más hermoso que el que tu tan bellamente describes.En su relato, habia arbustos ,jarales y el rio, pero también habia cortijos en pié, risas de niños y mucha vida. ¡Gracias por trasladarme a esa época tan hermosa de mi vida!

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    1. Dejo que en mis relatos vayan desfilando cortijos, aldeas, pueblos que han perdido sus risas, para que cada cual se las devuelva según sus recuerdos. Siempre hay algo que o has conocido o te resulta familiar. Rememorar y esbozar una sonrisa es importante. Me encanta su comentario, me ha hecho sonreir. Muchas gracias.

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  3. El hombre sin nombre19 de agosto de 2016, 7:04

    Creo que es el reportaje que más se asemeja al título de la página.
    Muy bonito.
    Estoy enganchado a este blog.
    Hacia falta una página así en Castilla La Mancha.
    Un saludo desde Talavera de un senderista empedernido que se vio forzado a dejar de caminar

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    1. Me alegra que se enganche a este blog y que ésto le permita caminar conmigo. Siempre hay un abanico de posibilidades para no tener que excluir esta afición tan sana de nuestras vidas, espero vuelva a reiniciar los caminos que tanto le han enganchado, no lo deje nunca.
      Muchas gracias por su comentario. Un saludo.

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    2. Es importante saber que no camino sola en mis salidas y que de una u otra forma siempre es posible viajar.
      Tengo pendiente una excursión por San Pablo de los Montes o volver a Santa María de Melque. Toledo guarda muchos bellos rincones que desconozco, tiempo al tiempo.
      Continúe acompañándome, se lo agradezco. Un saludo.

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