sábado, 8 de julio de 2017

UN CAPÍTULO LLAMADO URDIALES DE COLINAS. LEÓN.

Ahora mismo debería estar descargando una tormenta. Los cielos es lo único en común que compartimos, esos remarcables espacios que nos intimidan desde arriba.
Urdiales nada tiene aparentemente en común con Los Montes de la Ermita, me di cuenta demasiado tarde, pero se trataba de un intento por confundirme.  Quería unirlos en una sola entrada, en un solo camino, sin embargo cada uno necesitaba su atención,  ese ruego que surge de las piedras cuando su voz es acallada. El peso del silencio se apoya a menudo en bancos aislados donde ya nadie se vuelve para mirarte, nadie comenta, nadie teje...Y es en los rumores que lo inhabilitan, donde reaparece  lo que recuerdo del camino que te lleva a Urdiales, los tropiezos de su río, los sonidos que aúnan los lamentos de sus gentes atrapados entre la espuma que viaja deslizándose por los cantos rodados que alejan la desesperanza.
Hay rehabilitación pero aún queda mucho por hacer. Háganlo sin prisas, con esa mano que entrelaza hábilmente el desarrollo de los sueños cuando se quiere llevarlos a buen puerto.
Urdiales es una suerte de secuencias, una suerte de capítulos que componen un apartado de ese libro que comienza con la palabra Bierzo...
No hay mejor compañía para hablar de melancolía que los versos de ese gran poeta llamado Miguel Hernández.




La niebla se levanta pausadamente con la languidez de un paisaje que atrapa con intensidad no forzada la calma de quien desoye a la prisa.




Me reconozco en el agua que surge sin interrupción de una sencilla teja...




...y por qué no también en el arroyo que lanza dardos de burbujas salpicando a helechos y enredaderas.



Me identifico con las suaves ondulaciones llamadas montañas...




...y con la fuente y con su fecha y con un nombre que aparece en ella: Urdiales.




Urdiales se asoma tímidamente entre esa vegetación que pugna con ímpetu por apoderarse de todo.




Una apacible area de descanso junto al río Urdiales.




Pero aún no me decido a entrar al pueblo. Durante todo el trayecto el sonido de este río ha sido mi compañero, bajo para hacernos las consabidas presentaciones.




Y recorrer despacio por su orilla los molinos que aún se mantienen en pie.




Entre arrullos el agua se pierde entre bancales.





Molinos para obtener harina del centeno.



"Dime desde allá abajo
la palabra te quiero.


¿Hablas bajo la tierra?


Hablo con el silencio"



Urdiales crece, porque aún está en fase de reconstrucción, a 1.245 m. de altitud.




De las treinta y cinco viviendas que contó puedo dar fe que las más bellas se disponen a su entrada, engalanadas para recibir al visitante y enamorarlo con su bella factura.




Ese intento fructífero por acondicionar el pueblo, por recomponerlo, queda patente en muchos rincones por los que no hay más remedio que detenerse.




Los corredores de madera alzan sus ojos al cielo.




"Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío"




Mantienen, como anclada en el pasado, la estructura de vivienda para el ganado en la planta baja y para los dueños, arriba.




Calles empinadas y laberínticas, sujetas a la roca madre y a la pizarra en una conjunción inalterable.




Solaz de vacas que me observan con la quietud del tiempo detenido.




Como en otro lugares visitados no se me hace que las piedras se derramen sino que en realidad se recomponen para levantarse y erguirse altivas hacia los cielos.




Solanas para atrapar al sol que calienta en contadas ocasiones.




"¿Qué quiere el viento de enero
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?"




"Por una senda van los hortelanos,
que es la sagrada hora del regreso,
con la sangre injuriada por el peso
de inviernos, primaveras y veranos"





"Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
y van a la canción y van al beso,
y van dejando por el aire impreso
un olor de herramientas y de manos"





La certeza me dice que lo que veo aguantará como si bastión fuese. Arrecien sobre él los vientos del norte que no podrán doblegarlo.




Pero es posible ver Urdiales comparándolo con Los Montes. Ambos están en la sierra de Gistredo, pertenecen a Igueña. Comparten querencia por el agua, por los robles, por la pizarra... Sus tejados destilan esa pátina que el sol les dona, fascinante encuentro entre dioses ancestrales.




Si callejear dejara de ser mi oficio, dejaría el camino equidistante entre la nostalgia y el apremio.




Balcones que enuncian el mejor de los pregones, entre cerezos en primera fila y en los palcos, robles y fresnos.



Calles de nuevo tomadas por la sabia vegetación, bella flora que dispensaba fruta a sus dueños.




A sentarme voy, como de costumbre, a un banco que me ofrece la iglesia de Santa Bárbara.




Aunque las fiestas patronales, el segundo domingo de julio, están dedicadas a la Virgen del Rosario.




Templo y cementerio se disponen juntos en ese alarde de evitar distanciamientos. Nacer y morir nunca han estado tan cerca.




"Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano"





Poco queda en pie de la antigua escuela tras arder cuando el pueblo estaba ya deshabitado.




Me asomo con paso firme, decidido, para ensamblarme con tus tejados, para rehabilitar los sentidos.




Y siempre hay un punto al que llaman centro del mundo, ese mundo pequeño y a la vez extenso en instantes que nos seducen con imágenes que se congelan en el interior de nuestra retina, ese punto que marca el encuentro o el desencuentro según se mire, según se piense. Donde se yergue altiva la espadaña, donde intuyes que con celeridad el pasado ha intentado dar ese paso al presente intercambiando los roles, intentando disuadir a la mente de que todo ha vuelto a la normalidad y que en algún momento volveré a ver lo que aquí aconteció, lo que descansa inalterable en la memoria de esos libros sin páginas que se llaman recuerdos.




Y reinicio los caminos. Caminos que siempre asombran, que aguardan, con recónditos detalles, a disparar el aliento al caminante que intuye que la hora despega como la niebla del inicio, con el acorde final del que no quiere partir porque se encuentra muy a gusto.
Extraes de cada pueblo que visitas un estímulo que se encadena al siguiente obligándote a no desembarcar nunca de esta nave que te lleva a recalar a tantos puertos. Me pregunto cuál será el siguiente.




Cuesta justificarnos cuando damos por terminada una visita, no hay momento para la despedida. Algo aletea en nuestro corazón que avisa de que pocos argumentos quedan para alargar la cita. Ha sido tan larga la espera y tan corto el encuentro.




"Tu puerta no tiene casa
ni calle: tiene un camino
por donde la tarde pasa
como un agua sin destino.


Tu puerta tiene una llave
que para todos rechina.
En la tarde hermosa y grave
ni una sola golondrina.


Hierbas en tu puerta crecen
de ser tan poco pisadas,
todas las cosas padecen
sobre la tarde abrasada"




"La piel de tu puerta encierra
un lecho que compartir.
La tarde no encuentra tierra
donde ponerse a morir.


Lleno de un siglo de ocasos
de una tarde de azul abierta,
hundo en tu puerta mis pasos
y no sales a tu puerta."





"En tu puerta no hay ventana
por donde poderte hablar.
Tarde, hermosura lejana
que nunca podré lograr.


Y la tarde azul corona
tu puerta gris, de vacía.
Y la noche se amontona
sin esperanza de día"






Me convencen cada uno de tus ángulos, diestros y perfectos, sólidos aposentos de tu firme geometría.





Y cada rincón que clausuras con esa osadía de pizarra y madera, lábil y resistente a la vez.




Te veo como un gran reloj que ha perdido parte de sus delicadas piezas, como una clépsidra sin agua que lo mantenga.




Y trascurren los minutos y aún me hilvanas a tu sombra. No sé cómo comenzar a abandonarte.




Me faltabas tú, sed que apagan las palabras que en mi lento deambular se sostienen al abrigo de cada una de tus piedras. Se me agotan las excusas.




O tú, horno que transgredes cada uno de los instantes que te hacen ser viejo.




Termino devolviéndome al inicio, entre cursos de palabras que rondan mi memoria, que escapan al unísono para empantanarse en el cauce que es ahora vereda, que es ahora verdadera despedida.




Corredores de tablazones que se aligeran mientras abrazan al sol que escapa entre sus rendijas.




Enorme y bellísima se despliega esta construcción entre hórreo y vivienda atípica.




Pero el camino nunca se detiene... Se amojona, se deslinda, se desbroza, se asienta...



El camino te acerca y te separa, te enriquece y te seduce.



Y se ausenta con un último acierto, con esa vivienda aislada que declina despedirse...



...despedirse nunca. Confío en que encontraré el camino que desde aquí conecta con Los Montes de la Ermita. Confío pero a medias. Conforme asciendo voy interpretando cada secuencia de este libro por capítulos que me obliga a escribir un final inacabado.




Y admiro Urdiales y a sus gentes, desde aquí es otro. La ilusión de sus vecinos. Un espejismo real que se va transformando.




Vuelvo a reparar en la escuela, en su magnífica ubicación para distraer los sueños de cada niño.
Y veo ese trozo de monte arrebatado por el fuego y que en unos años cambiará su color por el verde de los robles, de los fresnos, de los cerezos, de las nogueras, del brezo...




Y veo cielo ensamblado en azul entre el blanco de las nubes que suavizan la subida hacia lo desconocido del sendero.
Conforme asciendo un latido anárquico me hace presentir que esta vez tampoco encontraré esa unión de caminos que tanto ansío.




Serán las nubes las que intenten liberar el desconcierto entre mis dudas...




...porque el campo de un pajizo amarillo solo mostrará vagas señales con piedras amontonadas.




Y desde aquí volveré a sufrir de desazón, de desesperanza, orquestados mis sentimientos con ese órdago de ilimitado montaje natural que emprenden las montañas cuando quieren mostrarse inaccesibles.




Es curioso, mientras escribo ésto, mientras esquivo ese dolor desnaturalizado que defiende la distancia, aquí el cielo se empaña con gruesas nubes que intentan invitarme a salir, a desconectar de este viaje anterior.




Pero cada viaje necesita su atención. Cada uno elige la mejor forma de llevarlo a cabo, desde un libro, una película, unas fotografías, un sueño...




A veces solo nos detiene la portada de un libro y no nos atrevemos a leerlo. Nos quedamos solo con ésto, con el recibimiento, con la acogida de un pueblo como Urdiales y paseamos por sus páginas, por sus calles, sin profundizar en lo que vemos...Solo por sacar las instantáneas que demuestren que allí estuvimos, como si no nos hubiese marcado, como si solo hubiese sido una ráfaga de viento que nos desequilibra pero no nos tumba.
Lamentaremos con el paso de los años haber perdido todo aquello que nos ganó el corazón donde más nos duele, lamentaremos no habernos dejado arrastrar por el abrazo cálido de una conversación, por el embrujo de un banco a la sombra de un gran cerezo, por el brillo metálico de la pizarra tras el paso de la lluvia, por dejarnos sucumbir ante cualquier detalle que nos demuestre que aquello que no conocimos debemos ser capaces de valorar, que en el acercamiento a la naturaleza está la base de nuestra propia supervivencia. Y que aclarado el día, a la noche no se le tema. O que escuchar es mejor que hablar y que a las palabras tenemos que dejarlas libres para que ellas solas compongan poemas que nos devuelvan la sensibilidad, esa impronta que nos haga ser mejores, más vulnerables pero con cualidades que perdurarán en el recuerdo de quienes nos conocieron, con esa huella indeleble del que parte y deja como legado páginas sueltas escritas con el más sostenido de los sentimientos.




Desandar con los mismos pasos que se dieron.




Cuando no aceptas que el final está cerca es cuando aprendes a mirar dentro de un regato.




El agua luce sus mejores galas cuando en la soledad de un encuentro el tiempo pierde su compostura.




Un acercamiento se produce tras el hipnótico vuelo de partículas que levanta en espuma una suerte de anhelos.




Un brote de verde menta, dos hojas de roble...y el agua sigue su curso y debo continuar yo el mío.
No quiero que todo ésto acabe...




...pero acaba con dos nombres vistos al revés, entrelazados por un cartel que los separa por caminos que intentan devolverles su reconocimiento, alejarlos de esa soledad impuesta y mostrarlos al viajero con la premisa de que estamos ante pueblos con verdadero encanto. 


Septiembre 2016.



Imprescindibles para valorar pueblos como Urdiales de Colinas, las páginas: "Pueblos deshabitados" y "Viva León"



Esta entrada quisiera dedicársela a mi amiga Paqui Garrido que tiene como cualidad referencial esa sensibilidad que solo poseen los que llevan la bondad a los demás cada día de su vida, gracias.




Acabo con un poema de Labordeta, "Nadie en las puertas",  que refleja a la perfección lo que compartimos aquellos que nos dejamos embaucar por estos lugares:

"Nadie en las puertas.
Nadie en los largos corredores
que conducen directos
hacia las antiguas plazas y viejos campanarios.
Sólo el viento,
testigo del naufragio.
Nadie en los altozanos.
Nadie en las parideras
batidas por el sol
que llevan hasta el fondo de la sombra:
Sólo el grajo
testigo del silencio de la tarde.
Nadie en los vestíbulos.
Nadie en los mercados 
repletos de amapolas
para sustituir a los difuntos:
Sólo el río
testigo de la sangre de la tierra.
Nadie nunca ya.
Nadie en ningún lado.
Sólo el viento,
el grajo,
el río,
y el camino con piedras
erizado"







6 comentarios:

  1. Son tus pasos al camino la sangre a las venas. Le das la vida mientras los recorres y la inmortalidad con las posteriores palabras que les dedicas.

    Gracias por deleitarnos con tus reflexiones, poesía y naturaleza. Un abrazo.

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    1. Ante tan sensible comentario solo puedo añadir en mi ayuda que son los pasos los que tienen la palabra, que la inmortalidad la buscan en cada instante en el que se entrecruzan con poemas como los de Miguel Hernández, tierno referente en este deambular que intenta corregir los errores de un destino no buscado. Sabes que se celebra el 75 aniversario de su muerte, su poesía aletea conmigo en cada camino que emprendo. Muchas gracias. Un abrazo.

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  2. Muchísimas gracias Rosa por dedicarme estas bonitas palabras,que te voy a decir que tu ya no sepas,fabuloso como todo lo que escribes,sigue así,que como dices que es un libro sin pastas,desde luego que no tienes un libro en tu memoria,tienes un don con mayúsculas de capacidad y nos alegras el día, muy bonito Rosa,como todo los que llevas, sigue así un abrazo.😊

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    1. Más a menudo, me atrevería a decir cada día, alguien debería dedicarnos unas palabras. Esas palabras que a veces cuesta dejar salir pero que no debemos guardarnos. La gratitud es una de ellas, no basta con pronunciarla, hay que saber manifestarla, darle sentido. Lo único que he hecho es darle forma, expresarla con esa combinación entre textos propios y poesía y adornarla con fotografías de un pueblo que jamás olvidaré, como no puedo olvidar tus sinceras palabras cuando me comentas que te ha gustado lo que lees. La sencillez y la bondad van de tu mano, de la mía, la gratitud. Un abrazo amiga.

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  3. Nuevamente impresionado por tus viajes y tus relatos. En este recorrido por Urdiales y, siempre acompañados por la palabra y la poesía, tus fotografías nos sumergen en la belleza de este paraje de León. Los molinos aguantan los envites del tiempo con gallardía y dignidad, levantándose entre serenos sueños de piedra y pizarra. Celebro que se esté reconstruyendo Urdiales y por lo que veo, se está haciendo de maravilla y sobre todo, respetando y fusionándose con el entorno. Muchas gracias por este nuevo viaje, gracias por tus textos y por tus preciosas poesías y por recordar a Miguel Hernández, también uno de mis poetas favoritos. Por último, me ha encantado el poema de Labordeta, que expresa muy bien lo que se siente al ver estos bellísimos pueblos, que un día vieron pasar la vida. Un abrazo.

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    1. Como bien dices se está reconstruyendo de maravilla este bellísimo pueblo. Recuerdo que mientras caminaba me acompañaron por algunas de sus calles un matrimonio ya mayor que hizo que este paseo fuese mucho más grato de lo habitual. Fueron los únicos que encontré ese día, aunque a la salida hacia Los Montes pude comprobar que alguna casa más estaba ocupada.
      Este recorrido que hice por el Bierzo afianzó en mi esa idea de que poco lugares salvaguardan con tanto amor el tiempo pasado. Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo.

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